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Asume con naturalidad ese vínculo academicista que une la Arquitectura con las Bellas Artes, pero desde los inicios de su carrera, José Seguí (Valencia, ... 1946), supo fijar el trazo que separa al «obrero de la arquitectura» del «artista». Él es de los primeros. Y desde esa trinchera del oficio lleva construyendo –en sentido literal– casi medio siglo. «La arquitectura tiene más de conocimiento profundo que de emociones», admite al delimitar los impulsos que distinguen a unos y a otros.
Porque si para un pintor, un escritor o un músico existe el vértigo en el folio en blanco, para Seguí ese espacio «es la base del ejercicio profesional» y el dibujo, su lenguaje y su cimiento. «Al principio de cualquier obra están los dibujos, aunque no como actos pictóricos finales sino como procesos de trabajo», destaca el arquitecto y urbanista, centrado ahora en exhibir esos mecanismos de creación desde uno de los lugares que le acompañaron en sus inicios profesionales. En concreto, desde la Escuela de Arte de San Telmo, donde inaugura este miércoles 'Dibujos y diseños' y que estará abierta al público desde el jueves hasta el próximo 30 de abril.
La colección, que ocupa el mismo espacio donde dio sus primeros pasos como conferenciante «hablando de diseño», sirve para reforzar ese vínculo primero entre el obrero y sus dibujos, lo mismo de un mueble que de una joya; de una cubertería, de un edificio o de un plan de ordenación urbana. Para Seguí, la base es la misma: el dibujo como vehículo que plasma ese conocimiento profundo de formas y volúmenes y que representa el cimiento sobre el que dar el salto a las tres dimensiones. Es precisamente ese discurso el que hilvana la selección de piezas: una treintena de dibujos, ocho cuadros de gran formato, muebles e incluso algunas de las maquetas que han marcado su carrera. La mayoría, de los años 70, aunque con el matiz importante –destaca– de alejarse del sello de la 'retrospectiva': «Aún no he hecho ninguna, tengo la sensación de que ese momento llega cuando te aburres de tu trabajo y haces balance; y yo aún me divierto. Es más, lo último que hago es siempre lo que más me gusta».
Con ese ánimo ha repasado y seleccionado Seguí sus primeros cuadernos, conservados en una caja enorme que supera el medio centenar de volúmenes y que sigue alimentando casi a diario. Ahí se respira el lenguaje del arquitecto: los dibujos del Plan General de Málaga o del Plan Especial de la Alhambra –con los que obtuvo, en 1985 y 1987, el Premio Nacional de Urbanismo–, de la Ciudad de la Justicia, del Balneario de Cortadura (Cádiz) o de auditorios como el de Almería, que coincidió con los primeros encargos de mobiliario específico para esos lugares. «Para ese espacio diseñé también las butacas; o las lámparas del Teatro Cervantes, que son de mis diseños más queridos», recuerda.
Habla Seguí de su exposición, precisamente, desde uno de los espacios que más tiempo y esfuerzo le han ocupado en los últimos años: el Hotel Miramar, rehabilitado –casi reconstruido– de su mano no sólo en lo arquitectónico, sino también desde ese aspecto clave que termina por abrazar el proyecto y que representa el diseño de parte del mobiliario. Lo hace desde el patio central, presidido por un impresionante juego de lámparas de techo y pared que nacieron a partir de mallas metálicas con cristales incrustados que, al contacto con los juegos de luz natural, proyectan cientos de destellos. En realidad son una buena metáfora de su trabajo como arquitecto: cómo esos dibujos también se proyectan, e influyen, en la vida de personas y ciudades. Con todos sus matices.
«Es ahí donde está el peligro pero también lo apasionante: crear algo nuevo, un futuro que no existe, a partir las ideas que plasmas en el papel», admite el arquitecto. Y también es ahí donde se fragua el complicado equilibrio entre lo que defiende el arquitecto y lo que espera el cliente: «Siempre hay que tener en cuenta ese acto educativo para que la obra quede en su contexto adecuado, para que envejezca bien y no pierda su referencia en el tiempo», añade poniendo como ejemplo el hotel desde donde habla, construido en los años 20 y «con un modernismo aún vigente». Lo mismo, en fin, que aplica al resto de su obra, la que empezó, desde los cimientos, con un dibujo en el folio en blanco.
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