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Grabado del Puerto de Málaga en el año 1602, donde estaba el 'barco de la salud' archivo narciso diaz escovar
Hospitales pequeños, entierros en patios y superchería: así fueron las epidemias en Málaga antes del Covid

Hospitales pequeños, entierros en patios y superchería: así fueron las epidemias en Málaga antes del Covid

La peste, el cólera o la fiebre amarilla acabaron con familias enteras en una ciudad que por su carácter portuario estaba expuesta a multitud de brotes. Y, además, con recursos limitados y una población que hacía más centrada en los castigos divinos que en los consejos de los médicos

Sábado, 10 de abril 2021, 00:49

Más de un año después de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos o los ritmos de vacunación sigan marcando el día a día de la Málaga contemporánea y urbanita -y con ella, del resto del mundo-, quizás sea momento de recordar que las epidemias no son un fenómeno nuevo y que sus efectos fueron igual de devastadores a lo largo de los siglos. La ciudad no fue una excepción; de hecho su carácter portuario y abierto a transacciones económicas, comerciales y culturales de todo tipo la han situado, hasta no hace tanto, como un epicentro óptimo para estos desastres sanitarios.

En efecto, desde la Edad Media hasta prácticamente entrado el siglo XX, los ciudadanos tenían que convivir con la propagación de enfermedades como la peste negra, la fiebre amarilla o el cólera. Y, sobre todo, combatirlas con los limitados recursos con los que contaba la ciencia médica de la época. Los libros de historia y archivos locales están plagados de referencias a esos brotes, que llegaban a prolongarse “durante cinco o seis años; e incluso más, y que terminaban con familias enteras”. Lo confirma el historiador e investigador Jorge Jiménez, que pone los perfiles de esa foto fija del Puerto de Málaga como vía de entrada de “víveres que salvaban a la ciudad de una época de malas cosechas; pero también de enfermedades que si no eran detectadas a tiempo se convertían en un desastre para la población”.

Ahora bien, ¿cómo se combatían estos brotes?, ¿hasta qué punto estaban preparados los hospitales para tratarlos? Y sobre todo, ¿qué papel jugaban los médicos y sus recomendaciones? En primer lugar, conviene destacar que los hospitales amplios y bien equipados, y la posibilidad de elegir, incluso, el tipo de sanidad que recibimos (pública o privada), son fruto de avances muy recientes. Durante siglos, estas infraestructuras dejaban (casi) todo que desear y los recursos eran limitados: la mayoría de estos hospitales, con capacidad que no superaban unas pocas decenas de camas, estaban considerados 'hospitales de caridad', es decir, gestionados e impulsados por órdenes religiosas o familias potentadas que se mantenían gracias al dinero de donaciones, de modo que no era excepcional que a menor entrada de ingresos se fueran cerrando camas. Casi todos ellos estaban repartidos por el centro de la ciudad: eran los casos del que se ubicaba en calle Convalecientes, conocida con ese nombre por los enfermos que atendían; el de Santa Ana (plaza de La Merced); el de San Julián (en el muro de San Julián); el de Santo Tomás (frente al Sagrario), el de San Juan de Dios (en el entorno de calle Strachan), el del mercado de Atarazanas (que fue hospital militar durante una época) o el de la cárcel de Málaga, que durante siglos ocupó uno de los paños laterales de la plaza de la Constitución (antes, plaza de las Cuatro Calles). También existen referencias históricas a hospitales de campaña que se levantaban en plena calle en casos de extrema necesidad.

En todos ellos se combatían los brotes de estas enfermedades con los limitados recursos que ofrecía la ciencia médica; y la convivencia con la muerte de los pacientes se producía de manera literal. Es conocido, en este sentido, que antes de que los cementerios fueran trasladados a las afueras de la ciudad por una cuestión de salubridad, los cadáveres se enterraban de murallas para adentro o en las iglesias; pero también en los propios patios de los hospitales. “Imagina lo que era eso, no existía la ventilación y la higiene era cero”, avanza Jiménez, muy gráfico a la hora de rescatar imágenes de “ratas que primero iban a por los cadáveres y luego atacaban a los enfermos”.

Hospital Civil y Hospital Noble

Esas limitaciones hospitalarias se agravaron, además, por cuestiones que nada tenían que ver con lo sanitario, ya que las grandes desamortizaciones de bienes eclesiásticos en el siglo XIX obligaron al cierre de la escasa infraestructura existente, la mayoría de ellas en manos de órdenes religiosas y, por lo tanto, expropiada. En ese momento, detalla el historiador, “la burguesía de la ciudad asume la necesidad de sostener económicamente los hospitales y el estado toma también conciencia”. Por poner dos ejemplos, en este contexto se da impulso al Hospital Civil, un proyecto ambicioso cuya primera piedra puso la reina Isabel II en 1862 y que ya se sitúa fuera de la ciudad, con una ventilación adecuada por su cercanía con el río y también en contacto estrecho con los conventos de la zona por si era necesario recurrir a los religiosos como apoyo sanitario. El segundo de ellos fue el Hospital Noble, impulsado en el año 1867 por los descendientes del médico y parlamentario inglés José Guillermo Noble, que cruzó su camino con el de Málaga cuando se instaló en la ciudad para recuperarse de su delicado estado de salud. La mala fortuna quiso, precisamente, que el doctor Noble muriera víctima de la epidemia de cólera que asoló la capital a principios de 1861, cuando fue a atender a un huésped afectado por esta dolencia en la fonda de la Alameda Principal donde ambos se alojaban. El contagio fue fulminante, pero su huella quedó en Málaga de la mano de sus herederos, conscientes de la necesidad de que la atención hospitalaria llegara, también, a los más desfavorecidos, casi invisibles en esa limitada estructura sanitaria.

Arriba, imagen de una intervención quirúrgica en el Hospital Civil, en el año 1906. Abajo, a la izquierda, restos del Hospital de Santa Ana, en la plaza de la Merced. Al lado, entrada al Hospital Noble SUR Y ARCHIVO MUNICIPAL
Imagen principal - Arriba, imagen de una intervención quirúrgica en el Hospital Civil, en el año 1906. Abajo, a la izquierda, restos del Hospital de Santa Ana, en la plaza de la Merced. Al lado, entrada al Hospital Noble
Imagen secundaria 1 - Arriba, imagen de una intervención quirúrgica en el Hospital Civil, en el año 1906. Abajo, a la izquierda, restos del Hospital de Santa Ana, en la plaza de la Merced. Al lado, entrada al Hospital Noble
Imagen secundaria 2 - Arriba, imagen de una intervención quirúrgica en el Hospital Civil, en el año 1906. Abajo, a la izquierda, restos del Hospital de Santa Ana, en la plaza de la Merced. Al lado, entrada al Hospital Noble

Más allá de esos centros, el control de las epidemias chocaba de frente con una realidad social, muy arraigada por ejemplo en la época del Barroco, que daba más importancia a la necesidad de salvar el alma -y por lo tanto, a todo el imaginario religioso- que a los consejos de los médicos. En este sentido, Jiménez rescata un episodio histórico que da la medida de cómo la población se encomendaba a la religión antes que a la ciencia. Tuvo lugar en el año 1637, durante una de las epidemias de peste que golpearon Málaga, cuando un grupo de feligreses salió a procesionar a la Virgen de la Victoria desde su santuario al convento de San Francisco: “En aquel lugar se flagelaron tanto para expiar los pecados y lograr la salvación que hubo que limpiar las paredes con agua y vinagre, y luego encalarlas, por los restos de sangre que dejaron”. Contagio incluido. Por otra parte, también era costumbre que las enfermerías de los hospitales tuvieran vistas a las iglesias del entorno para que los enfermos pudieran seguir la misa.

Pero ese fenómeno no sólo estaba limitado a lo religioso. También al mundo de la superchería, los oráculos y los horóscopos; de hecho, en épocas de epidemias, los agoreros que se dedicaban a esos oscuros negocios hacían su particular agosto entre una población que, además de escasa cultura, contaba con recursos muy limitados. Baste para ilustrarlo otra anécdota que agravaba aún más los contagios, ya que era una costumbre más o menos extendida que, a la muerte de parientes cercanos o conocidos a causa de las enfermedades, se aprovecharan sus ropas en lugar de quemarlas. Y si estaban infectadas, seguía la propagación.

Para tratar de evitarla, las ciudades portuarias como Málaga estaban obligadas a contar con el llamado 'barco de la salud', que se fondeaba a una distancia suficiente de la costa para garantizar que en caso de enfermedad o brote en las tripulaciones que llegaban a Puerto se pudieran hacer las cuarentenas en ese lugar. Pero ese recurso no era más que una tirita en la hemorragia de las epidemias; en primer lugar porque si la enfermedad no dejaba una huella física evidente era complicado detectarla, y por otra parte porque los 'barcos de la salud' dependían de la autoridad portuaria: si había recursos, se habilitaban; y si no, había vía libre hasta tierra. Además, en el caso de que los hubiera, eran naves viejas y mal equipadas para el control real de los pacientes en cuarentena; por no hablar de los viajeros infectados que también podían entrar por tierra, ya fuera a través del camino de Vélez o por la vía del Guadalhorce. En ese contexto, no es de extrañar que los médicos de la época, sobre todo de la segunda mitad del siglo XIX, comenzaran a dar la voz de alarma para convencer a las autoridades de la necesidad de acometer actuaciones urbanísticas y a la vez sanitarias que terminaran, por ejemplo, con el enjambre de casas, fondas y garitos de mala muerte que abrazaban las cercanías del Puerto y que constituían, en tiempos de epidemias, los escenarios perfectos para el avance de la enfermedad. Ahí estuvo, precisamente, el origen del proyecto de calle Larios. Pero esa es ya otra historia.

**Jorge Jiménez es historiador e investigador, y autor de la ruta urbana 'Epidemias y hospitales históricos de Málaga', impulsada por la empresa cultural Cultopía (www.cultopia.es). Para inscribirse en las próximas ediciones de este recorrido puede llamar al teléfono 692 717 612 o enviar un correo a info@cultopia.es

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