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Gastón Guzmán: El eterno bohemio que encontró su sitio en el centro de Málaga
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Su pelo cano y algunas arrugas, forzadas por una sonrisa tan generosa como sincera, pueden delatar que Gastón Guzmán no está muy lejos de cumplir el medio siglo. Pero después de muchos avatares y miles de kilómetros recorridos, este argentino espigado es un joven eterno. Omás bien, un bohemio, porque el arte le ha acompañado durante sus casi cinco décadas de existencia.
Hace ya diecisiete años que llegó a tierras malagueñas. Su primer hito por la provincia fue Estepona. La ciudad de la Costa del Sol, que hechiza hoy a los visitantes con su 'Jardín de la Costa del Sol' en el centro y con sus espectaculares murales en la periferia, fue el lugar donde le aguardaba su padre.
«Llegué en 2005, pero, en realidad, llevaba más de diez años con la idea de venir a Europa», explica tranquilo, con la perspectiva que le da el tiempo pasado. Lo pospuso en varias ocasiones por contratiempos económicos o por motivos sentimentales, pero finalmente, empujado por la crisis económica de su país, llegó a la Costa del Sol, que, por aquel entonces vivía una época dorada, justo antes de que estallara la burbuja del urbanismo.
Después de tres años en Estepona, donde se desenvolvió como pintor de brocha gorda, se mudó, por cosas del amor, a la vecina Marbella. Reconoce que no le gustó tanto como la primera parada. «Para mí Estepona era el sitio ideal para vivir porque tenía todo lo que andaba buscando», matiza.
Pasaron algo más de dos años hasta que decidió mudarse a la capital malagueña, en busca de un cambio vital. Comenzó a trabajar en 2010 en un restaurante próximo a la plaza de toros, pero poco después se pasó al Centro Histórico, del que ya no se quiere ir.
Después de una dilatada experiencia como camarero, sin salir del corazón de la ciudad, en junio del pasado año decidió dar un paso importante para llevar a medias la gestión del histórico establecimiento argentino de El Farolito, uno de los bares más conocidos y veteranos de la calle Beatas.
Del Centro no hay quien lo mueva. Allí vive y allí trabaja desde hace una docena de años. Es su zona de confort, donde se desenvuelve con sus largos pasos. Ocasionalmente, sale a despejarse con su motocicleta. «Me voy a los Montes de Málaga a veces para desconectar y dar un abrazo a un árbol», comenta.
«Lo primero que valoré cuando llegué aquí es la sensación de seguridad que no tenía en mi país», asegura Gastón. Allí le robaron hasta en cinco ocasiones antes de venir a España: «Salir del aeropuerto de Málaga y notar que nadie te sigue para querer quitarte lo que es tuyo ya fue un alivio».
Cuando llegó a Málaga en 2010, la ciudad, como el resto del país, estaba inmersa en la crisis económica, pero, con el paso de los años, ha ido evolucionando, a sus ojos, para bien, hasta convertirse en una ciudad dinámica y cultural de la que no quiere salir.
Reconoce que ahora la gestión de El Farolito le requiere más tiempo del que le gustaría y no le sobra mucho para hacer sus habituales visitas al Centro de Arte Contemporáneo (CAC), que con sus exposiciones itinerantes es una de sus predilecciones en esta 'Ciudad de los Museos'.
Este eterno y espigado bohemio se fija más en las expresiones más vanguardistas que en los clásicos. Lo demuestran los lienzos abstractos que, con pincel fino e inspirado, ha podido pintar en los últimos años. Muchos de sus cuadros se han colgado y vendido en restaurantes donde ha trabajado en los últimos años. «Picasso no me gusta, porque odio la competencia», bromea.
Además de pintar, Gastón lleva desde muy joven vinculado al arte. Ha tocado muchos palos distintos. Desde actor de teatro a fotógrafo o incluso escritor. Antes de arribar a España escribió incluso un libro de relatos, 'Ruido a carne'. No descarta ponerse de nuevo frente a un papel en blanco. Historias no le faltarán por contar.
Es un testigo más de la evolución urbana y turística del centro histórico y su entorno. Más calles peatonalizadas, más museos y un puerto que permite hoy que la ciudad no viva de espaldas al Mediterráneo.
Hoy, con los precios de la vivienda, tanto en alquiler como en venta, totalmente disparados, reconoce que puede seguir en el centro «por cuestión de suerte». No le gustaría para nada abandonar el corazón de esta ciudad que le acogió hace una docena de años por no poder pagar una renta elevada. «Tendría que hacer como hace mucha gente en Buenos Aires, que tienen que pasar mucho tiempo en transporte para ir de su casa al trabajo», lamenta.
Reconoce que en los primeros meses de la pandemia, el Centro Histórico perdió su alegría. Después vinieron muchos cambios. Restaurantes con clientela muy fiel hasta entonces que se vieron obligados a cerrar. Yotros nuevos establecimientos que abrieron. Él mismo se reinventó como empresario, a medias, en El Farolito. «Han vuelto los clientes de siempre, los malagueños y los argentinos que viven aquí», aclara satisfecho.
No podría imaginar este destino seguramente cuando salió de su Necochea natal, una localidad argentina que con su nombre delata su origen vasco. «Es una ciudad costera, con unos doscientos mil habitantes, con un clima muy parecido a Euskadi: con un verano muy corto y un invierno largo», explica. Además, hay mucho viento, lo que la eclipsa como destino turístico frente a Mar del Plata, la gran referencia para quienes buscan destinos estivales en Argentina.
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