El evidente y progresivo deterioro que presentan los muros de la Catedral parece preocupar únicamente a los fieles y a los miles de turistas que cada día la visitan por dentro y por fuera para conocer uno de los mayores y mejores atractivos de Málaga. En los objetivos de sus cámaras quedan reflejadas las humedades y grietas que pueblan un monumento que, como otras muchas asignaturas pendientes de la ciudad, permanece lastrado por la desidia de las administraciones públicas y la falta de sintonía entre el Obispado y la Junta de Andalucía, que tiene la competencia de decidir sobre lo que puede hacerse o no en el edificio.
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Esta potestad de la administración regional incluye la responsabilidad de procurar la conservación de una construcción de la importancia histórica y artística del primer templo malagueño, en el que no debería volver a repetirse la estampa de los cubos para recoger las goteras.
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