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Los fans tienen estos días un punto de encuentro imprescindible en el Málaga Palacio.
Entremeses ejemplares

Entremeses ejemplares

Un programa-tomo con 35 convocatorias: cinco páginas como cinco soles y una ristra de eventos. Eso sin contar actos no oficiales nocturnos, ligados más al bebercio que al comercio del cine español

Juan Francisco Gutiérrez

Domingo, 24 de abril 2016, 01:17

Quizá por lo del Día del Libro los periodistas que acuden al Festival de Málaga disfrutaron ayer de un programa-tomo con 35 convocatorias: cinco páginas como cinco soles y una ristra de eventos. Eso sin contar actos no oficiales nocturnos, ligados más al bebercio que al comercio del cine español. Lo mismo este trajín consigue rebajar alguna sancha panza, pero hay algo de quijotesco, ay, en eso de intentar no perderse nada.

Así que obligado al picoteo, les resumo aquí mi propia gesta de aventuras. La mañana amaneció con risas, que no es poco. La noche que mi madre mató a mi padre es un buen vodevil que discurre en una cena. Es vivaz, a ratos rara, pero no aburrida, y en ella Belén Rueda se adentra en la comedia, María Pujalte confirma sus dotes para la guasa y Eduard Fernández se luce como un borde con pinta de Buenafuente (que tras su paso fugaz ya regresó a casa).

Tras este plato ligerito, en mi propia novela río tiré para el Albéniz: no quería perderme el estreno de la segunda edición del Gastroweekend. Una colega de cuyas castas no quise acordarme me dedicó allí un jocoso gastrocomentario sobre mi alegre figura. Puse ojitos caballerescos y no me arredré: así que disfruté de Los manjares de Cervantes. Una sesión mixta, en plan tertulia castiza, que mezcló teatro cervantino, un cortador de jamón, vino tinto de nombre Pimpante, que rima con Rocinante, y un tapeo estilo Masterchef. Lo mejor: los entremeses castellanos presentados (vía vídeo, no de carne presente) por Pepe Rodríguez, de El Bohío. Ah, y también el verbo jugoso del maestro Antonio Garrido Moraga, que puso la mejor salsa con variadas anécdotas: sobre todo el Siglo de Oro, sobre Montoro y hasta sobre Promontorio, hijo bastardo de Cervantes.

Como donde una puerta se cierra otra se abre, en la sobremesa cerré el pico y crucé las del hotel Málaga Palacio, asediadas por los molinos de brazos saludadores de los fans que velan armas noche y día. Y allí se apareció ante la prensa Dulcinea en el cuerpo hidalgo de Paz Vega, horas antes de recibir el Premio Málaga-SUR. Exhibió la actriz ese aire de fragilidad que desmiente su mirada. Se acomodó frente al skyline del molón nuevo set con rollo tele americana para estos encuentros. Y habló de su carrera americana; de sus planes de producir cine; del bajón posterior a Lucía y el sexo; de sus veranos en Málaga. El COI la ha elegido para poner voz castellana a un anuncio olímpico, y aunque ella hizo mucha natación en sus años de moza, ahora pelea con el yoga: «Qué cosa más difícil, por Dios». Eso mismo digo yo. Ha corrido muchas aventuras pero cree que lo mejor está por llegar. Para mí lo peor estuvo al salir: vi a un tipo vestido con el bañador de Borat, en plena despedida de soltero. Una estampa ingeniosa pero nada ejemplar, en verdad.

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