Solo hace falta acercarse a una obra para ver un detalle. Lo más probable es que nos saquen tarjeta amarilla. Un aviso por invadir una ... frontera que, aunque no se vea, existe y está permanentemente vigilada en los museos. El de seguridad es uno de los departamentos fundamentales de los centros expositivos, aunque la mayoría de las veces no es perceptible salvo que nos saltemos esas vallas invisibles. Esa es la incidencia más habitual, pero también la que menos preocupa a las pinacotecas, donde también están pendientes de robos, altercados, atentados terroristas e incendios, entre otros.
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No obstante, la amenaza que más preocupa a los servicios de protección son los ataques de activistas del cambio climático y otras causas contra obras maestras del arte, un fenómeno que ha vivido un espectacular repunte en todo el mundo en los últimos dos años. Algo que saben bien en los museos de Málaga que han extremado los protocolos para prevenir estos casos: ¿Cuánto vale proteger un 'picasso', un 'sorolla' o un 'barceló'? ¿Y cómo prevenir las amenazas?
La respuesta la tienen los centros expositivos malagueños, que no escatiman recursos para garantizar la custodia de sus colecciones. De hecho, la factura anual en vigilancia y sistemas de protección de los grandes museos de la capital asciende a algo más de 3,2 millones de euros anuales para una plantilla global que asciende a más de 70 agentes y vigilantes. Lógicamente, el museo con las obras más cotizadas y el más visitado es el que más invierte en seguridad. Y ese es el Picasso.
Si uno de los lienzos del pintor malagueño ha llegado a alcanzar 179 millones de dólares en subasta, la cotización de las 385 piezas que guarda su pinacoteca de calle San Agustín suma algunos ceros más, por lo que la partida de la fundación rectora de este centro cultural supera el millón de euros al año, lo que supone que uno de cada tres euros del gasto en este apartado de las instituciones expositivas de la capital se destina a proteger los 'picassos'. Y aunque la pinacoteca más visitada de Andalucía –779.279 personas– prefiere no difundir estas cifras aduciendo precisamente motivos de «seguridad», lo cierto es que estos datos son públicos y están disponibles en su propia página web.
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Los siguientes que más gastan en la protección de sus fondos son dos pinacotecas municipales, el Museo Ruso en Tabacalera y el Centro Pompidou del Muelle Uno, que dedican cuotas anuales muy similares, 616.527 y 612.830 euros, respectivamente, seguidas de los 414.368 euros que destina el Carmen para preservar su colección de pintura española de los siglos XIX y XX en el Palacio de Villalón.
Por su parte, el último contrato de vigilancia y seguridad del Museo de Málaga asciende a 281.869 euros, mientras que cierra la lista la Casa Natal, con 277.368 euros, ya que su patrimonio picassiano es fundamentalmente obra gráfica. De esta forma, el cargo mensual de los seis grandes museos de la capital –el CAC Málaga ha rechazado facilitar sus cifras– supera el cuarto de millón de euros (268.124 euros) para escoltar unas joyas artísticas valoradas en miles de millones.
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Más allá del dinero, lo primordial es cómo se protegen los lienzos y las esculturas. Y el aspecto determinante en cualquier equipo de protección es «el personal humano que hay detrás». No se cansa de repetirlo José María Requena, jefe de Seguridad del Museo Carmen , que cuenta con una plantilla de trece agentes de la empresa Menkeeper, que controlan desde el acceso principal al centro de control, las dependencias más secretas del Palacio de Villalón que se abren por primera vez para este reportaje de SUR.
Un sistema de puertas de doble esclusa –como el de acceso a los bancos– ya avisa que entramos en un espacio reservado que nos recibe con un llamativo piloto rojo de alarma. Como en las películas. Está apagado, así que no hay que ser un lince para descifrar que todo va bien en el cerebro del edificio que funciona las 24 horas y desde el que se observa hasta el último rincón de la pinacoteca: 128 cámaras enfocan las salas y piezas emblemáticos, pero también pasillos, ascensores, almacenes, patios y puertas de acceso. Nada escapa a los ojos que todo lo ven y al del vigilante que controla los monitores y todo el sistema.
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La tecnología también es un pilar fundamental para la defensa y protección. Frente a las cámaras fijas que suelen ponerse en las calles, el museo usa objetivos Domo de 360 grados recubiertos con una tulipa que impide saber dónde apunta el visor, «que no solo tiene un efecto disuasorio, sino que también ayuda a que la gente no se sienta vigilada». Mientras el operario lanza a los monitores superiores la imagen que quiere ampliar de las ciento y pico cámaras, Requena explica que desde este centro de control se coordina la seguridad, ya que aquí confluyen todos los datos, incluida la información de los chivatos y sensores del edificio. Desde las alteraciones de temperatura a los detectores de vibración que alertan de un posible butrón para acceder al edificio.
No obstante, esos golpes perfectos de película sobre el robo de obras maestras del arte no es lo que quita el sueño a los departamentos de protección de los museos. «Sustraer un cuadro en la vida real es prácticamente imposible ya que, además de la vigilancia, las obras más pequeñas disponen de enganches de seguridad que impiden su descuelgue; lo que más nos preocupa en estos momentos es el vandalismo y la agresión al arte para llamar la atención», admite el responsable del Carmen Thyssen, que continúa el tour por las entrañas del centro hasta llegar a las salas en las que, junto obras de Darío de Regoyos, Romero de Torres y Zuloaga, los córners están rematados por esas discretas cámaras Domo que nos miran aunque no lo sepamos.
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El control de los museos es máximo, pero también tiene sus límites. El escáner de la entrada fiscaliza el interior de todos los bolsos que acceden al museo y las obras expuestas están permanentemente vigiladas, «pero no somos un aeropuerto ni cachemos a los visitas», explica de forma gráfica José María Requena cuando se le pregunta por los casos en los que activistas han vertido pintura sobre joyas artísticas o han pegado sus manos a los marcos de los lienzos. «Su intención no suele ser dañar la obra sino llamar la atención, pero la rapidez y los nervios de sus acciones aumenta mucho el riesgo de que finalmente acaben produciendo daños», considera el experto, que toca madera –no el de los cuadros– para que estos sucesos sigan sin ocurrir en Málaga.
Como mucho, en el Carmen Thyssen se han visto obligados a invitar a salir a algún usuario algo perjudicado que se ha empeñado en visitar la colección después de feria y confundió las salas con una caseta. «Es lo que tiene estar en pleno centro», cuenta Requena, que tiene claro que en los museos la vigilancia debe ser compatible con el disfrute de los visitantes.
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«Nuestro trabajo es proteger la colección, pero también a nuestros usuarios que tienen que tener sensación de seguridad sin que se sientan invadidos, que es lo más complicado», asegura el experto que está al mando de la guarda y custodia del Palacio de Villalón desde su inauguración en 2011, tiempo en el que han pasado más de dos millones de visitantes por su salas. Y por sus cámaras de seguridad. Con picos, como la Noche en Blanco o las avalanchas de las jornadas de puertas abiertas, que dispara la demanda y la ocupación.
Las armas también están presentes en los museos, aunque todos ellos limitan su presencia al guardia del acceso principal. Un elemento que trata de ser «disuasorio», como las cámaras en todas las esquinas, aseguran. Un elemento tradicional de defensa que se une a otros de última generación, como la Inteligencia Artificial, que también está entrando en los museos con sistemas de escaneo de rostros que puede alertar de posibles amenazas. No obstante, los últimos avances están muy lejos de igualar la inteligencia natural. «Por muchas cámaras que tengas y sistemas de rastreo, la tecnología nunca podrá superar el análisis de la situación y la experiencia de los vigilantes», cierra Requena, mientras le reclaman por el 'walkie'. Como si nos hubieran escuchado y quisieran dejar claro que el factor humano es lo más importante.
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Fotografía © Succession Pablo Picasso, VEGAP, Málaga, 2024
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