'Heridas abiertas', de madres a hijas
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La adaptación de la novela de Gillian Flynn ha sido la serie del verano, un fascinante tratamiento de la violencia, el amor y lo abyecto del ser humanoSur en serie ·
La adaptación de la novela de Gillian Flynn ha sido la serie del verano, un fascinante tratamiento de la violencia, el amor y lo abyecto del ser humanomiguel ángel oeste
Lunes, 3 de septiembre 2018, 00:48
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Ha sido un verano serial tranquilo, en el que han sobresalido dos estimulantes adaptaciones. La adaptación que Alejandro Hernández y Mariano Barroso hicieron de la novela de Ignacio Martínez de Pison, 'El día de mañana', y la que Marti Noxon ('UnREAL') ha hecho de 'Heridas Abiertas' de Gillian Flynn, con la hipnótica dirección de Jean Marc Vallée ('Big Little Lies'). Ocho episodios que nos sumergen en las zonas más oscuras de los afectos entre madres e hijas, y de una comunidad, Wind Gap, que mira hacia otro lado.
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Lunes a lunes, seducido bajo la melodía de los títulos de crédito, entraba en esta atmosférica serie que desnuda los deseos, apegos feroces (gracias, Vivian Gornick), obsesiones, emociones, sentimientos en un ambiente opresivo, asfixiante, ominoso, degradante pese a las apariencias, que tiene la virtud de reflejarse en una puesta en escena milimétrica, física, ponderada en los detalles incidentales. Una serie en la que nada se opone a la noche (gracias, Delphine de Vigan).
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Los títulos de crédito de 'Heridas abiertas' contienen el corazón de la serie. El aire cálido de amor y muerte que respiran los personajes de ese pueblo de Missouri aplastados por el calor y el sudor, por el sonido directo de los ventiladores que se fusiona con el tiempo, por las ruedas de los patines deslizándose por el asfalto y el anhelo perturbador de niñas que quieren ser amadas por madres castradoras, por canciones que mezclan el pasado y el presente, que avisan o traen recuerdos, pesadillas, de palabras marcadas en el cuerpo, de sangre, degradadas física y mentalmente, del mal transmitido de madre a hija y permitido por hombres que son tan culpables como las mujeres o incluso más.
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La composición 'Dance and Angela' de Franz Waxman que compuso para 'Un lugar en el sol' (George Stevens, 1951) recorre los elegantes y oníricos títulos de crédito de la serie creada por Noxon. La elección no es gratuita, nos da muchas claves y funciona casi como presagio –palabra que también vemos marcada en el cuerpo de Camille Preaker (Amy Adams)– pues actúa a modo de conexión. En los siguientes episodios, este tema musical se versiona en propuestas electrónicas, es decir, más modernas o también en otras clásicas, creando un diálogo oculto entre madre, Adora (Patricia Clarkson), e hijas Amma (Eliza Scanlen) y Camille. La tragedia que vivían Montgomery Cliff, Elizabeth Taylor y Shelley Winters en la adaptación que Stevens hizo de 'Una tragedia americana' de Theodore Dreiser no llega al retorcimiento ni la maldad de la serie protagonizada por la hija autodestructiva, Camille, esa otra hija, Amma, ambigua, perversa e inoculada por una madre, Adora, con la enfermedad de Munchausen por poderes.
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Esta obvia referencia al cine clásico, como otras que salpican la narración nutren identificaciones metatextuales –el vaso de leche envenenado del capítulo final remite a una en concreto del maestro del suspense, pero también alude al título de este último episodio, 'Leche', con todo el significado que confiere –la leche materna, el lazo entre hija y madre…– a lo que se unen referencias al cine de modernidad. Porque una de las cosas de las que se preocupa Jean Marc Vallée es la de enfrentar dos maneras de ser, dos mundos si se prefiere, o formas de actuar, que poco tienen ya en común a pesar de lo siniestro de ambas: el de Adora y Amma. La primera desde posturas que parecen educadas y aceptadas por todos y, también, claro, clasistas en cuanto al poder que le otorga ser la que controla el pueblo. La segunda mucho más despiadada, violenta, desenfrenada, en la que el deseo de hacer el mal es una especie de prolongación modificada y aviesa de lo que ella misma ha experimentado, pero que le hace vivir o quizá es que ya solo sabe vivir de ese modo.
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Durante la serie hemos seguido el fantasmal periplo fangoso de Camille, esa mujer que se autolesiona, que intenta superar un pasado terrible que la acompaña en su piel por la crueldad de una madre fría cuyos ojos parecen brillar solo cuando cuida a sus hijas o en ese terrible escena del episodio ocho en el que habla de su madre. De hecho, la tensión permanente a la que 'Heridas abiertas' somete a la protagonista parte de escenas familiares, como la cena del último episodio. La sensación claustrofóbica y la intensidad se despliega sin apenas subrayados. El tempo y las miradas ejemplifican el pathos.
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Camille es un personaje dañado. Que sufre. Que vive casi como una muerta, destruida por la madre desde el 'amor'. Amma también es un personaje dañado, pero más terrorífico, porque se trata de una evolución. Las señales se han esparcido a lo largo de la serie elusivamente hasta el final de temporada en la que se verbaliza cuando en la escena de la cena Amma habla de Perséfone, la diosa del inframundo, quien ejerce el castigo. O cuando en el tercer acto del mismo episodio, en un diálogo con doble sentido, le dice a Camille algo así como que le encantaría devorarla. El descubrimiento final que hace Camille en la casa de muñecas, réplica de la casa de Adora, el subtexto, las metáforas, el juego de espejos deformante… funciona para esa última frase que Amma le dice a Camille tras la revelación: 'No se lo digas a mamá'. ¿Está uno destinado y marcado por la infancia y los padres? ¿Se reproducen los comportamientos hasta mutarlos? ¿La ausencia de moral o la amoralidad extasiada del mundo de hoy en el que no hay atisbo de culpabilidad condena a la humanidad a la violencia desenfrenada con la que parece disfrutar? Estas son algunas de las preguntas que se dispersan en una serie dominada por la estética de Vallée y las sólidas interpretaciones femeninas de Amy Adams y Patricia Clarkson.
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Hay, obviamente, diferencias entre la novela y la serie, nada sustancial, pero sí en la manera de desplegar y estructurar el material, así como cierto material que no está en la novela pero que amplifican el calado de la serie –la fiesta del pueblo que acontece en el episodio cinco, un retrato contenido de la violencia y el odio latente de la comunidad de Wind Gap–.
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Tal vez porque el final de la serie pueda parecer brusco para los espectadores que no hayan leído la novela de Flynn en los títulos de crédito, la serie se prolonga en un montaje sincopado que revela toda la verdad a pesar de que ya era evidente.
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A lo largo de los ocho episodios de esta espléndida y atmosférica serie, que conecta con la tradición cinematográfica y con un estilo visual sensitivo que se maneja en los planos del pasado y el presente orgánicamente, uno, al menos quien esto escribe, ha tenido la sensación de asistir a un viaje por traumas hondos, sombríos, difíciles de descifrar, que plantean preguntas complejas y difíciles en una sociedad efímera y alocada como la actual en la que casi ni se tienen en cuenta. Un estudio de cómo la violencia y las relaciones afectivas van mutando a través de retratos femeninos tenebrosos en la ternura y la crueldad.
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