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Caperucita tiene que sobrevivir en un mundo donde los lobos acechan tras los árboles. Blancanieves se ve obligada a huir de su casa y enfrentarse sola a la oscuridad del bosque. Frente a quienes desprecian los relatos clásicos por considerarlos productos del heteropatriarcado, ellas defienden que tras ellos están las voces de las narradoras que durante siglos advertían a las niñas de los peligros y les contaban historias feministas en unos momentos extremadamente complejos para la mujer. Ángela Vallvey y Beatriz Giménez de Ory «reescriben los cuentos» en el seminario que este jueves organiza el Museo Picasso de Málaga como actividad paralela a la exposición de Paula Rego (18.30 horas, entrada libre previa inscripción).
La inmensa mayoría de las narraciones infantiles están protagonizadas por mujeres y se dirigen a las niñas. En ellas, mantiene Vallvey, late una «preocupación por su cuidado» en un tiempo en el que las mujeres vivían rodeadas de amenazas. «La mujer era un bien precioso y los cuentos están encaminados a que sobrevivan las mujeres porque son las transmisoras de la herencia biológica y de la sociedad. Por eso yo creo que son feministas, por la importancia que le dan a la vida de la mujer», argumenta la escritora, que acaba de recibir la Medalla de Oro de Castilla La Mancha. Eran ellas, como apunta Beatriz Giménez de Ory, quienes narraban esas historias y tejían «una cultura subterránea, alternativa a la oficial». «Las mujeres han sido silenciadas siempre, pero han estado presentes en la cultura oral siendo quienes inventaban y narraban los cuentos de hadas para prevenir a las niñas», añade Giménez de Ory, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2021 por 'Un hilo me liga a vos. Mitos y poemas'.
Son conscientes de que a ojos de hoy ciertos comportamientos o costumbres de los clásicos suenan caducos, pero ahí está el error. «No comulgo con la idea de evaluar el pasado con la medida del presente. Cada cosa tiene que ser vista en su contexto histórico porque si no, estamos mintiendo», declara Vallvey. Defiende que esas historias de los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y tantos otros, no pueden leerse desde patrones de la actualidad sino entendiendo el momento en el que fueron escritos. Catalogarlos de machistas es, para Giménez de Ory, «muy reduccionista». «Eso de que si una niña lee 'Blancanieves' se convierte en una mujer pasiva, no me lo creo», añade.
Bajo esa perspectiva histórica se justifica, por ejemplo, que el matrimonio sea el objetivo de muchos de esos relatos. «No es sexista. A veces era el único refugio para sobrevivir en unos tiempos hostiles y muy duros», explica Vallvey. En otros casos, el matrimonio se presenta como un castigo, como una trampa que hay que evitar. Las pruebas imposibles que se ponen a los pretendientes en algunos cuentos «era una manera de postergarlo». Pero en general, todos esconden una finalidad educativa para las niñas que se enfrentaban a una vida «terriblemente más difícil que el hombre».
Como detalla Giménez de Ory, las historias de 'Caperucita' o 'Piel de asno' son advertencias de madres y abuelas contra las agresiones sexuales y el incesto. Porque en esas historias hablan ellas. Irene Vallejo aportó recientemente una clave en este sentido: las similitudes que existen entre las palabras de la narración y el tejer. El hilo narrativo, la trama, el nudo, el desenlace… «Corroboraría esa idea de que las tejedoras eran las narradoras. Las mujeres no hemos tenido la voz pública, pero sí las voces secretas», sentencia.
Recuerda Vallvey que los clásicos son trabajos de «creación colectiva» que se fueron transmitiendo durante años de generación en generación. Son arquetipos «que funcionan» y que siguen gustando a los niños y niñas de hoy. «Son cuentos que no se pueden desdeñar de una forma tan simple porque tienen detrás un gran aprendizaje histórico al que la sociedad ha ido dando forma», dice. Despreciarlos sin más, añade Giménez de Ory, «privaría a los niños de la magia, la belleza y los símbolos» que los clásicos encierran.
Y cuando hablan de clásicos, no se refieren a la gran factoría de animación. «Disney los adapta a un tiempo muy concreto del siglo XX con los tópicos que el cine y la época mandan. Los originales distan mucho de las versiones de Disney, no se pueden incluir en ese prejuicio heteropatriarcal», argumenta Vallvey, que dio una nueva vida a los personajes más populares en sus 'Cuentos clásicos feministas'. Como advierte Giménez de Ory, esos son los relatos que han llegado a nuestros días tras una selección que hace en torno al XVIII y el XIX una sociedad machista que elige «lo que le interesa contar», pero los cuentos populares se remontan a siglos atrás y en ellos sí hay príncipes rescatados y mujeres poderosas.
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