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SALVADOR SALAS
Ellas son la revolución jonda del flamenco

Ellas son la revolución jonda del flamenco

Danza ·

Liberadas del rol tradicional de la bailaora, La Chachi, Mariché López, Nieves Rosales y Olga Magaña representan la vanguardia de un arte visceral abierto a nuevos lenguajes y discursos

Domingo, 20 de noviembre 2022, 00:38

Son flamencas, pero en el escenario no bailan por soleá ni visten bata de cola. Una está cubierta de tatuajes, otra lleva el pelo azul, una zapatea con una chaqueta de cuero, otra se revuelca por el suelo con los volantes. Pero son jondas hasta la médula y por derecho: La Chachi, Olga Magaña, Nieves Rosales y Mariché López, cuatro mujeres que desde Málaga se saltan los tópicos para moverse en la periferia del flamenco, en los límites con la danza contemporánea y la callejera. En la semana en la que se ha conmemorado la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, ellas representan la vanguardia de un arte visceral abierto a la renovación, el riesgo y la osadía.

Liberadas del rol tradicional que durante décadas las ha encorsetado en una figura cargada de estereotipos, las nuevas flamencas transgreden el arte en la forma y en el fondo. No solo se despojan de los símbolos más evidentes, sino que además se valen de las nuevas dramaturgias para exponer un discurso propio, a veces incómodo, que concierne directamente a la mujer. Porque ahora ellas bailan, coreografían, dirigen y hablan de la cuestión de género y de los cuerpos, de la eterna insatisfacción y hasta del drama del vertedero marino. De lo que quieran y como quieran. «Es nuestra hora porque a nuestro cuerpo le hacía falta hacer otras cosas», argumenta Mariché López (Málaga, 1976), fundadora de La Pícara. «Justicia poética», apostilla Nieves Rosales (Málaga, 1981), creadora de Silencio Danza: «Las mujeres han impulsado mucho el flamenco a lo largo de la historia y no se les ha dado el valor que tenían». Hoy lideran la revolución y son visibles.

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Mariché López. La Pícara

«Llevamos muchos años en escena, es la hora de nuestra liberación porque a nuestro cuerpo le hacía falta hacer otras cosas»

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Les cuesta etiquetarse: las palabras bailaoras y bailarinas no las definen. «La verdad es que no sé muy bien dónde ponerme en los últimos años», admite Nieves Rosales. «Yo me enmarco en la casilla de 'otras'», bromea Olga Magaña (Almería, 1983). «Me siento danzaora, como dice Rocío Molina», añade María del Mar Suárez 'Chachi' (Málaga, 1980) mientras Mariché asiente. Lo que tienen absolutamente claro es su punto de partida. Para la sesión de fotos, Nieves Rosales se coloca los tacones con los que baila en 'Las furias', su revisión feminista de los mitos clásicos femeninos. En su espectáculo se expresa con el lenguaje contemporáneo, pero aquí de forma inconsciente empieza a taconear mientras habla. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. Lo lleva dentro. «¡No lo puedo evitar!», se excusa cuando se da cuenta. «Escucho cantar por soleá y se me levanta el cuerpo», reconoce.

Todas beben de la tradición, la disfrutan, la respetan y se nutren de ella. De hecho la mayoría viene de ahí, de largas noches en los tablaos de la Costa y en los escenarios de los hoteles. «Y el flamenco es intocable, es nuestro motor madre», afirma tajante La Chachi, aunque ella lleve décadas sin enfundarse un traje de lunares en España. En el extranjero sí, en Inglaterra, donde cada verano hasta la pandemia bailaba por derecho para sacarse un sueldo. «El flamenco es lo que me atraviesa por dentro, no puedo hacer otra cosa», afirma a su lado Mariché López, la misma que en su montaje 'Material' da libertad a su cuerpo para moverse al ritmo de texturas digitales vestida con pantalón negro y camiseta blanca. Sin castañuelas ni mantón. Sin ningún adorno.

Las cuatro, además, se formaron en el arte jondo con los mejores maestros en el Conservatorio Superior de Danza de Málaga. Porque «para abrir el flamenco hay que conocerlo bien», expresa Nieves Rosales.

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Olga Magaña. Ararí Danza

«Me decanto por probar otros lenguajes, respiro de esa manera el flamenco. Me cuesta clasificar lo que hago, me enmarco en la casilla de 'otras'»

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En la calle

Para Olga Magaña, el alma de Ararí Danza ('gestación' en calé), «todos los días son flamencos» aunque aparentemente nada en ella lleve a lo jondo. Es la única de las cuatro que jamás ha zapateado en un tablao. Lo más cerca que ha estado a la tradición ha sido en la performance de 'Gitanita de la tele' que durante años sacó a las calles en la Feria de Málaga. «Y aquello era más clown y mimo». Subida a un enorme televisor antiguo que rescató de la basura, se comunicaba con las castañuelas y bailaba a su manera cuando le daban una moneda. Al principio lo hizo porque «necesitaba pagar el alquiler». Después, aunque ya trabajara para la compañía Mayumaná, volvía a la calle esa semana de agosto porque lo disfrutaba. «¡Hasta tenía un club de fan de señoras de una media de 70 años!», exclama Olga Magaña divertida. «Me curtí bastante, me dio muchas tablas». Ella «respira el flamenco» a través de otros lenguajes, como la danza contemporánea, el teatro gestual, el texto y la música. Y todos ellos están en 'Baleia 2.0', un poderoso grito contra la 'plastificación' del mar y la mujer que sorprendió la pasada temporada.

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María del Mar Suárez. La Chachi

«Me gusta llevar el flamenco a otros lugares, a discursos incómodos, a la poética y a la abstracción. Es un aire fresco a la tradición»

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Esa «permeabilidad» e «hibridación» jonda con las artes vivas está en la base de las creaciones de todas ellas. Es más, Nieves Rosales, Mariché López y La Chachi también terminaron la carrera de Arte Dramático. «Eso es vital para que podamos contemplar la escena desde este lugar. Si no hubiera sido así no nos hubiéramos corrompido», mantiene La Chachi, que en 'Los inescalables Alpes, buscando a currito', su reciente improvisación radical, se salta todas las convenciones en una especie de trance flamenco y callejero.

«Un día te das cuenta de que llevas haciendo la alegría siempre de la misma manera y de que puedes hacer una cosa diferente, que puedes hacer discursos incómodos, jugar con la poética de la imagen, con la abstracción del movimiento, la pérdida de la literalidad. Hay una intelectualidad que te explota en la cabeza», resume La Chachi. Y a eso se suma, además, un «germen outsider» que la aleja de lo puramente comercial. «Llevamos vidas alternativas, distintos tipos de luchas sociales y precariedades que van en nuestras espaldas», comparte Mariché López.«No sigo las modas. En cierto modo todas bailamos lo que somos, la verdad sale por ahí», completa Olga Magaña.

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Nieves Rosales. Silencio Danza

«Para abrir el flamenco hay que conocerlo bien, bailar por derecho, manejar el compás. Sin dominar la lengua madre, no funciona»

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Son mujeres con una conciencia social y de género que vuelcan en lo que hacen. «No entiendo el arte si no es para intentar responder preguntas, para reivindicar, comunicarnos. En mis producciones la figura de la mujer es fundamental porque nos queda aún mucho por hacer. Si yo puedo empujar un poco en esta lucha, quiero hacerlo», argumenta Nieves Rosales, que concede una gran importancia a la dramaturgia en su obra. De las cuatro ella es quien defiende un concepto más clásico del teatro. Sin ser comercial, no se siente en los márgenes. Su riesgo está en su expresión, en un movimiento que nace de la experimentación, de buscar el equilibrio entre su cuerpo flamenco y sus inquietudes contemporáneas.  «Me veo en algún momento volviendo a la bata de cola, pero no para utilizarla como se debería», matiza.

Insisten en que no hay una intención de romper con lo anterior, no hay ninguna «guerra» entre tradición y vanguardia por más que algunos puristas lo entiendan así y firmen críticas «devastadoras», como en la última Bienal de Flamenco de Sevilla, por ejemplo. «No lo entiendo. Si tenemos un lugar específico para las cosas puras, como es el tablao. ¿Por qué no se pueden hacer otros movimientos en otro momentos?», se pregunta Mariché López.

«Es una cosa que te pulsa, una inquietud real, tu imaginario empieza a metrallear imágenes», señala La Chachi. Es una necesidad de ir «hacia otros terrenos», de investigar con los límites de una misma. Pero Olga Magaña aclara:«No soy convencional, pero no creo que esté inventando nada que no esté inventado ya». Y se acuerda de Trinidad Huertas 'La Cuenca', la malagueña que en el sigloXIX ya se vestía de hombre para bailar. Han pasado casi dos siglos y la revolución jonda que ella empezó continúa teniendo nombre de mujer.

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