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SUR
Sábado, 6 de agosto 2022, 00:02
SUR renueva su apuesta por el microrrelato, y le reserva un espacio este verano tanto en las páginas del periódico cada fin de semana como ... en la web, el sábado como el domingo. El certamen recibe el nombre de II Premio Pablo Aranda en memoria del genial escritor malagueño y columnista de este periódico, fallecido en 2020. El ganador recibirá un premio de 1.500 euros y además habrá dos menciones especiales dotadas con 500 euros cada una. Los originales se pueden mandar a microrrelatos@diariosur.es. Puede consultar aquí las bases
Pepa Fontes Rodríguez
La profesora devuelve mi libreta con la siguiente anotación: Marina, es precioso, pero demasiado corto. Nos había pedido que escribiéramos sobre el mar y yo me sentí satisfecha con mi texto: «Es un poema salado».
Dentro de poema salado caben todas las palabras, solo tienes que poner las que a ti te ericen; debe ser que la maestra no lo entendió.
Entro en mi casa despojándome de estos zapatos que ya no necesito y se transforman en algas bailarinas. Fluyo entre burbujas, anémonas y peces con más colores que el arco iris.
El señor pulpo me enseña la tabla del 8.
Esta es la mejor escuela, me digo mientras mi aleta plateada oscila al fin libre.
José Manuel Expósito Andújar
Cabeceé una y otra vez a causa del cansancio. Estaba tirado en el suelo, apoyado contra la pared que daba al baño. Rodeaba con las piernas mi Samsonite. Miré, no sin esforzarme en mantener los ojos abiertos, a una muchacha vestida de azul. Era guapa. Cuando cruzó su mirada con la mía, me sonrió. Inconscientemente imité su gesto. Al principio dudó, pero se encaminó hasta donde me encontraba. Se puso en cuclillas frente a mí. Fue dando pequeños pasitos, aún en cuclillas, acercándose más y más. Yo estaba pasmado. Cuando estuvo justo a mi lado abrió la boca pareciendo que rompería por fin el silencio. En lugar de eso, llevó su mano hasta mí y, sin mediar palabra comenzó a asestarme puñaladas. Una, otra y otra… hasta diez, tal vez. Me daba la sensación de que me ahogaba mientras veía la cara de la chica.
Fue un enorme alivio despertarme, no sin el mal cuerpo con el que te dejan ese tipo de pesadillas, y ver que todo estaba bien. Lo que sin duda no fue un alivio era haberme dado cuenta de que me habían robado la maleta.
Pablo Fernández Fernández
Cuando la última piedra de la última casa de aquel pueblo abandonado cayó, los fantasmas organizaron una fiesta.
Ya no quedaban secretos.
Isabel García Viñao
Sí lo conecto, no lo conecto, sí lo conecto… pronuncia Marta, desojando una margarita. El último pétalo determina: 'Sí'. Al encender el ordenador de su hermana escribe la contraseña con la que accedía: 'Mulhacén', su pico preferido. Va a atreverse a mirar las fotografías que volcó el día anterior a su desaparición. Por sentimientos de dolor, en un año no lo ha conectado.
Al mirarlas, sus lágrimas ruedan como guisantes. Ese día le dijo que se iba al monte con la única compañía de su perro. En una fotografía, Tor enseña sus dientes, arrugando el morro. ¡Si el animal nunca es agresivo! ¡Qué increíble! –exclama. En otra, su hermana lleva puestas las gafas de sol y se refleja una figura. La foto tiene muy buena resolución. La agranda y Marta salta despavorida de la silla. «¡Si es su ex! ¿Pero no estaba en el extranjero?».
Entregas anteriores
Mª Ángeles Luque Morejón
Contesté al anuncio que había pegado en la farola: llámanos cuando tengas tiempo. El dinero me urgía. Tiempo tenía de sobra. Me presenté allí, era una casa de empeños. Lo único que me quedaba en esta vida era el reloj que me dejó mi padre. No tenía opciones, les entregué la manecilla del segundero a cambio de unos cuantos euros. Pero ese dinero se acabó pronto. Tuve que volver y empeñar el minutero también. Desesperado, regresé una vez más y les confié lo que me quedaba del reloj. Me quedé sin pulso.
El forense no pudo determinar la hora exacta de mi muerte.
Verónica Suárez Moraza
Dijo que se había tragado el tiempo, pero nadie le creyó, claro, pobre loco. Solo alguien capaz de abrir la boca infinitamente, casi tanto como para devorarse a sí mismo, hubiera hecho eso. Lo miraban de reojo, por si acaso, por si fuera verdad y pudiera vomitar los recuerdos de cada uno y entonces no supieran qué hacer con aquel pasado que ya dieron por inútil. Se le empezaron a arrugar los pies. Se le deshicieron las lágrimas en pedazos de tic-tac y arrastró horas enteras de un rincón a otro. Agujas de reloj punzándole las venas. Nadie le creyó, pero cuando empezaron a escuchar el sonido de una alarma de despertador dentro de su estómago ya no supieron qué pensar.
Alba María García Marcos
No hubo temblores en su voz ni lágrimas suicidándose por la mejilla. Acababa de finalizar su declaración ante la policía de una manera sublime. Ahora solo tocaba esperar a que corroboraran su falsa coartada.
Inmaculada Pérez García
Despierto y noto al instante un fuerte olor a madera mojada. Intento recordar, pero las punzadas de mi cabeza me lo impiden al principio, hasta que por fin mi memoria me ofrece imágenes borrosas, que van y vienen sin darme certeza de nada. Mientras, en mi garganta, un carraspeo sutil toma la iniciativa y lo que debería ser un grito se convierte en un desgarro. Mis ropas húmedas intensifican el frío que sin previo permiso ha calado en mis huesos, inmóviles por falta de espacio o de fuerza, quién sabe. De pronto…la carretera, el coche, los frenos, los cristales, la sangre, la luz irreal… Y ahora, lo único que puedo pensar es por qué este ataúd no es impermeable.
Mª Concepción Jimeno Barrera
Te has debido ir, vecina desconocida. Sí, creo que te has marchado a ese 'no lugar'. Tu ventana me mira desde la fachada de enfrente. La persiana medio bajada y las cortinas, descorridas, muestran mi casa, reflejada en el espejo de la cómoda de tu dormitorio, donde reposan encerrados en portarretratos plateados, intuyo, tus seres queridos.
Tu terraza, donde tu cuidadora te sacaba a tomar el sol y donde a veces ella compartía mate y risas con alguna amiga. Tus geranios, ahora marchitos, conviven con un envase de detergente vacío, que baila haciendo círculos infinitos en el suelo a merced del viento.
Nada se mueve, nada cambia. Es como si de una imagen fija se tratase.
No sé nada de ti, ni tu nombre, ni tu edad. Solo te he observado a lo largo de los años desde mi ventana. Me pregunto si tú también me habrás observado a mí.
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