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Antonio Gala, el poeta que casi logra «defraudar a la muerte»

Antonio Gala, el poeta que casi logra «defraudar a la muerte»

Irónico y brillante, el autor cordobés, durante años refugiado en su finca de Alhaurín el Grande, convirtió un género minoritario como la poesía en una máquina de vender libros

Domingo, 28 de mayo 2023, 12:42

Ha muerto Antonio Gala, el poeta que parecía hecho para «defraudar a la muerte». Hace años que Antonio, cuidado por los suyos en Córdoba, no era Antonio, el tipo brillante y divertido que concedía titulares en cada frase. Antes, cuando aún conservaba la lucidez sobre la que sostuvo su vida y obra, se retiró en La Baltasara, su finca de Alhaurín el Grande. Era el más malagueño de los poetas cordobeses, con permiso de Pablo García Baena. Todo, escribir y publicar, amar y detestar, lo hizo a lo grande. También morir: en un domingo electoral, como si quisiera desafiar la actualidad.

Sintió pronto el impulso de la escritura, cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, pero también tuvo claro que la vida no podía reducirse al oficio, por tentador que resultara el abrigo del folio en blanco. «Sé que cuando vivo como un hombre común, que ama y desama y presencia injusticias y goza y está triste, no lo vivo para contarlo, sino que lo cuento para vivirlo más, con mayor intensidad, para recrearlo», explicó en su autobiografía, 'Ahora hablaré de mí'. Gala nació en Brazatortas, en Ciudad Real, en algún momento entre 1930 y 1936, sin que haya un acuerdo sobre el baile de fechas inicial, probablemente producto de su coquetería. «No lo sé ni yo», zanjó en una de sus últimas entrevistas. Tampoco prestó especial atención a su lugar de origen, del que nunca hablaba, un desdén que el pueblo manchego le devolvió colocando una placa cargada de ironía: «En esta casa nació el escritor cordobés Antonio Gala».

La profesión de su padre, médico, obligó a la familia Gala a trasladarse a Córdoba cuando Antonio aún era pequeño. El horror infantil ante el estruendo de los bombardeos de la Guerra Civil y la temprana muerte de uno de sus hermanos dejaron una huella de tristeza crónica que, ya en su madurez, escondió bajo una brillante mordacidad sobre la que construiría su personaje público. Revelado como un adolescente prodigioso, dio conferencias algo teatralizadas sobre asuntos como el existencialismo francés y escribió poemas bajo la influencia del Grupo Cántico. Llegaron las colaboraciones en revistas literarias como Caracola, editada en Málaga, provincia que acabaría convirtiéndose en un segundo hogar, y forjó amistad con autores como Fernando Quiñones, Gloria Fuertes o el propio García Baena.

Denuncia y juicio

Su polémica expulsión de la milicia universitaria cuando estudiaba Derecho, acusado de escribir una nota privada al camarero de la cafetería de oficiales, denuncia que acabó en juicio y que también se asoció a una posible conspiración de sus compañeros, abrumados por su superioridad intelectual, supuso un zarpazo inesperado para Gala, que se encerró en la casa familiar. Instalado en Madrid, en plena oposición a abogado del Estado, sufrió una crisis religiosa e ingresó en la Cartuja de Jerez, donde permaneció un año, hasta que sus superiores se percataron de sus capacidades: «Tu voz no es nuestro silencio. Tú tienes que hablar». El objetivo de la aventura monacal, romper el cordón umbilical, había sido alcanzado.

Su grupo de amigos fue ensanchándose, incorporados Manuel Alcántara, José Hierro o Paca Aguirre. Fueron ellos quienes lo convencieron de que presentase un libro inédito, 'Enemigo íntimo', al prestigioso premio Adonais, cuyo primer accésit consiguió en 1959. Aquella irrupción disparó el número de colaboraciones de Gala en prensa y revistas literarias. Coqueteó con las artes plásticas, dirigiendo varias galerías e instalándose en Florencia, y en su regreso intensificó su actividad literaria con la publicación de los poemarios 'Meditación en Queronea' y 'La deshora' y escribiendo sus primeras obras de teatro. El diagnóstico de alzheimer de su padre, a quien le unía una adoración mutua, y su muerte lo sumieron en una depresión de la que tardó meses en salir.

El premio Calderón de la Barca de Teatro y su encuentro con José Luis Alonso, quien dirigiría varias de sus obras, constituyeron un revulsivo para Gala, a quien la estrechez de los géneros siempre le apretó como un mal corsé; a su producción poética y teatral suma novelas y guiones para televisión, una obra marcada por «la persecución de la justicia, la aspiración a la esperanza, la pasión por el lenguaje, la fugacidad del tiempo, la muerte y el naufragio constante del amor, la solidaridad y la defensa de causas casi siempre perdidas», como escribió José Infante en la antología 'Una señal en el corazón'.

La fama

Desde los años setenta cimentó una popularidad que alcanzó su cima en los noventa, con el Premio Planeta por 'El manuscrito carmesí', al que seguirían otros éxitos como 'La pasión turca' o 'Más allá del jardín'. Se sucedieron los premios y los amores, épocas de actividad frenética que equilibró con sus estancias en La Baltasara, que compró a finales de los ochenta. Sus intervenciones en televisión, muchas de ellas de la mano de Jesús Quintero, lo conviertieron en uno de los escritores españoles más famosos, capaz de sacar la poesía de su destierro habitual como género minoritario para vender cientos de miles de ejemplares.

En 2011 anunció que padecía cáncer de colon. «Trataré de defraudar a la muerte una vez más: la última», escribió. En 2015, al recoger el título de Hijo Adoptivo de Málaga y la Medalla de la Ciudad, anunció que los médicos le habían declarado «libre» de la enfermedad. Fue una de sus últimas apariciones públicas antes de refugiarse de forma casi definitiva en La Baltasara, de donde sólo salía, siempre impoluto, con su eterno bastón, para visitar la fundación para jóvenes creadores que tiene en Córdoba, su obra más preciada: «Mi hijo».

Ya quebrada su salud, también su consciencia, fue trasladado a su ciudad natal, donde finalmente ha perdido el largo pulso mantenido contra la muerte pero ha ganado una batalla tal vez más difícil: la posteridad.

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