
Duchamp, una vida entregada al arte… y al ajedrez
Cuentos, jaques y leyendas ·
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El creador francés sostuvo que «todos los artistas no son jugadores de ajedrez, pero todos los jugadores de ajedrez sí son artistas»MANUEL AZUAGA HERRERA
Domingo, 13 de octubre 2019, 00:55
El escritor surrealista André Breton rozó el enamoramiento en sus alabanzas a Marcel Duchamp (1887-1968), al que consideró el hombre más inteligente del siglo XX «y también, para muchos, el más molesto». Una definición de la que huyó el artista, quien siempre negó la mayor, en los dos sentidos. Para Marcel, todo era más sencillo. Él creía que aquellos a los que quizás molestó «no se daban cuenta de que se podía hacer algo distinto a lo que se estaba haciendo en aquel momento». Nada más. La historia –o el espíritu del tiempo, que diría Hegel– hace mucho que tomó partido en esta bronca vanguardista, y hoy consideramos a Duchamp el creador más influyente del arte contemporáneo, precisamente por su atrevimiento formal y su descaro. Sin embargo, se ha insistido poco en la importancia de una decisión asombrosa en su relato vital: Marcel abandonó la pintura y toda vocación estética para dedicarse, en exclusiva, al ajedrez.
En la mayoría de las familias burguesas de finales del diecinueve, el ajedrez era un pasatiempo muy considerado. El padre de Duchamp era notario de Blainville –y por algunos años, también alcalde–, una villa normanda que podríamos dibujar al estilo de las novelas de Flaubert. Sabemos que Marcel comenzó a dar sus primeros jaques en casa, con once años, gracias a la afición por el noble juego de sus hermanos mayores. También jugaba con su hermana Suzanne. En 1910, pintó 'La partida de ajedrez', un cuadro en el que aparecen, precisamente, sus dos hermanos frente a frente en el tablero, muy concentrados, en compañía de sus esposas, ambas distraídas y a otra cosa. La obra se expuso en una galería de arte, pero pasó absolutamente inadvertida para la crítica. Un año más tarde, Marcel se acercó al cubismo con otro trabajo fundamental, 'Retrato de jugadores de ajedrez', un cuadro que, según su biógrafo Calvin Tomkins, «pintó de noche, a la luz de una lámpara de gas, para conseguir esa combinación de colores apagados». Pero más allá de la anécdota y de la luz del retrato, Duchamp logró una proeza iconográfica: por primera vez, no se pintaba a dos jugadores jugando al ajedrez, sino que estaban, verdaderamente, pensando el ajedrez.
Cuando estalló la Gran Guerra en Europa muchos artistas fueron llamados a filas, pero Duchamp se salvó debido a que le detectaron un pequeño soplo reumático en el corazón. Para entonces, Marcel ya había revolucionado el arte con su 'Desnudo bajando la escalera', o con 'Rueda de bicicleta', la primera escultura móvil de la historia. Sin embargo, sufría el reproche colectivo, al punto de que, en ocasiones, le escupían por la calle. Como lo leen. Así que, sea o no por ello, Duchamp decidió explorar nuevos horizontes («No me marcho a Nueva York, me marcho de París») y, desde entonces, sus idas y venidas nunca cesaron: Nueva York, Buenos Aires, Bruselas, París… o aquellos hermosos veranos en Cadaqués, desde 1958 hasta el año de su muerte. Y es que, para Marcel, «cambio y vida» eran sinónimos. Eso sí, allá donde fijaba su residencia, buscaba irremediablemente un club de ajedrez donde pasar las horas jugando. Su buen amigo y rival en el tablero Henri-Pierre Roché –autor de 'Jules y Jim', obra que fue llevada al cine por Truffaut– afirmó que la reputación como francés de Duchamp en Nueva York, a su llegada, solo podría ser igualada por Napoléon o Sarah Bernhardt. Lo tuvo todo a su alcance, pero él prefirió jugar al ajedrez «todo el rato», «hasta las tres de la mañana», y ganarse la vida dando clases de francés a dos dólares la hora. Duchamp fue socio del mítico Marshall Chess Club, fundado por Frank Marshall –fortísimo jugador que logró ser campeón de los Estados Unidos durante casi treinta años–, a quien logró vencer dos veces. Un tiempo más tarde, cuando valoraba seriamente abandonar la pintura, Marcel confesaba, a las claras, que el ajedrez «es la parte de mi vida que más me hace disfrutar».
El crítico Manuel Segade, director del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) y ex comisario de la exposición 'Fin de partida. Duchamp, el ajedrez y las vanguardias', cree que «el icono del ajedrez en el arte contemporáneo sigue siendo, hoy, Marcel Duchamp». Cuando Estados Unidos decidió participar en la guerra, Duchamp probó suerte en Buenos Aires y allí, me cuenta Segade, «como ni siquiera dominaba el idioma, solo dormía, comía y jugaba al ajedrez». En la capital argentina se apuntó a un club local y diseñó una colección de sellos de goma para jugar por correspondencia con su amigo y antiguo protector, el coleccionista de arte Walter Arensberg. Al principio de su aventura bonaerense no encontró con quién enfrentarse, así que buscó en librerías y estudió a fondo cuarenta partidas del que era, en aquel momento, campeón del mundo, el cubano José Raúl Capablanca. Poco a poco, la afición al juego del ajedrez se convirtió en una obsesión para Duchamp. En una carta dirigida a las hermanas Stettheimer –organizadoras de un salón modernista en Nueva York y antiguas alumnas suyas de francés– se aprecia la gravedad del asunto: «Hace mucho que tengo intención de escribirles, pero el ajedrez consume mi atención de tal manera que hasta ahora no había podido hacerlo. Juego noche y día sin parar, y nada en el mundo me interesa más que encontrar la jugada perfecta».
Si leemos el relato de esta partida con la ingenuidad de quien está escribiendo una leyenda sobre sí mismo sin darse cuenta, podemos decir que quizás consiguió su objetivo. No sé si fue la jugada perfecta, porque consistió en renunciar a todo y dedicarse en cuerpo y alma al ajedrez. Pero sí que fue un movimiento consecuente, pues lo único que deseaba Duchamp por aquel entonces era beber de una poción que le hiciese jugar divinamente, «convertirme en un jugador profesional», como le confesó a su amigo íntimo Francis Picabia. En 1922, antes de regresar a Europa, pasó por Nueva York y se enfrentó en el Marshall Chess Club a su admirado Capablanca. Como era de esperar, perdió la partida, pero imagino que el hecho de haber sido uno de los veinticuatro elegidos que jugaron contra el campeón mundial, uno de los mayores genios de la historia, resultó un acontecimiento decisivo para Duchamp y su valiente decisión.
Como buen ajedrecista, Marcel elaboró un plan. El objetivo pasaba por jugar muchos torneos, pero primero lo hizo en Bélgica, para así participar en competiciones de menor nivel y subir en el escalafón de forma progresiva. Le salió redondo. En 1924, ya formaba parte del equipo nacional de Francia y hasta logró ser campeón de la Alta Normandía. A lo largo de su carrera como jugador profesional, Duchamp representó al país galo en varias Olimpiadas de ajedrez y, desde 1931, defendió la tricolor junto al nuevo campeón del mundo, Alexander Alekhine. En 1927, contra todo pronóstico, Alekhine, nacionalizado de origen ruso, arrebató el título a Capablanca, curiosamente en Buenos Aires. Deduzco que Duchamp y el campeón, compañero de equipo, hablarían de sus experiencias argentinas. A pesar de ser un jugador sólido, Marcel no tenía el talento necesario para aspirar a algo grande, más allá de las tablas que logró contra Savielly Tartakower, o su victoria frente al campeón belga George Koltanowsky. Así que, consciente de sus limitaciones, se dedicó al estudio de problemas de ajedrez.
Donde sí que siguió demostrando su excepcional ingenio para el juego-ciencia fue en sus obras y colaboraciones artísticas, como sucede en la película 'Entreacto' (1924), donde podemos ver a Duchamp jugando una partida de ajedrez contra Man Ray en el tejado del Teatro de los Campos Elíseos de París, hasta que un gran chorro de agua cae a plomo sobre el tablero, poniendo fin a la disputa. Les animo a que se deleiten con esta pequeña joya de veinticinco minutos, considerada el momento fundacional del surrealismo en el cine y, para muchos, un claro antecedente de 'Un perro andaluz' (1929), de Buñuel. Otra imagen icónica es la fotografía realizada en 1962 en el Pasadena Art Museum de California: la descomunal obra 'Gran vidrio' de Duchamp aparece en el fondo y, en primer plano, Marcel (blancas) juega una partida de ajedrez contra una joven desnuda (negras). Eve Babitz, que así se llamaba la modelo, perdió la primera de las batallas en solo tres movimientos.
Podría seguir dando detalles sobre Duchamp y su pasión por el ajedrez, como su curiosa relación con Bobby Fischer, pero prefiero poner la guinda contando una preciosa historia que nunca antes ha sido publicada. Recuerdan que antes hemos nombrado Cadaqués, un lugar idílico de descanso veraniego para Duchamp y su mujer, Teeny. Allí salieron alguna vez en barca con Salvador y Gala Dalí, y conocieron las formaciones rocosas del Cabo de Creus, y allí jugaba Marcel al ajedrez en el Café Melitón, donde se arremolinaban los jugadores locales, algunos de muy buen nivel.
La escritora Rosa Regás, a principios de los sesenta, fue vecina en Cadaqués de la familia Duchamp. Vivían prácticamente pared con pared y, en ocasiones, Marcel, que le tenía gran afecto, le pedía que subiera a su terraza para jugar una partida de ajedrez. Rosa me cuenta con nostalgia que perdía siempre a la primera de cambio, y que Duchamp «trataba de explicarme los motivos de mi derrota, pero no había forma, era muy bueno». En un esfuerzo de memoria, «puedo rescatar la imagen de Marcel mirándome, a punto de reír, con la luz del mar reflejándose por la habitación». Luego firmaban la paz abriendo una botella de vino, o charlando amistosamente mientras caminaban hacia el pueblo. Duchamp y Regás frente al tablero. No me digan que no es una bella imagen para disfrutar del domingo.
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