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Si no duele, no hay canción. Lo ha dicho en un susurro Enric Montefusco, escondido detrás de la guitarra acústica y de su barba de leñador de Minnesota, casi mirando al suelo del patio interior del Museo Carmen Thyssen, lleno de gente de nuestra edad. También los hay más jóvenes y mayores, pero creo que la mayoría somos de esa edad a la que muchos de nuestros padres ya tenían el piso pagado, quizá una segunda residencia en la misma provincia, dos o tres hijos en colegios concertados y la perspectiva de seguir prosperando, al menos un poco. Y aquí estamos nosotros este viernes por la noche con un respiro en la lluvia, vaqueros, bambas, camisetas y en la mano una cerveza con la espuma justa de incertidumbre. Decía el historiador José Jiménez que no vamos al Louvre a ver la Gioconda, vamos al Louvre a comprobar que la Gioconda existe. Y quizá hayamos venido justo a eso: a comprobar que existe el tipo que escribe las canciones que hablan de nosotros, los nacidos entre finales de los 70 y principios de los 80, el músico que ha escrito 'Carne de cañón' (Badaáparte Ediciones), un libro de versos, de reflexiones y poemas que ahora lee en el patio interior del Thyssen, lleno por obra y gracia de Irreconciliables, el festival de poesía celebrado en la ciudad como una tabla de salvación en medio de la zozobra del desánimo.
Porque han pasado diez años desde que Frías me encargara este recorte del periódico del domingo. Me llamó a su despacho para preguntarme si quería escribir un artículo con lo que me había parecido más importante de la actualidad cultural de la semana y ha tenido que pasar demasiado tiempo y demasiada muerte para darme cuenta de que aquello que me pareció un marrón ha sido una de las mayores pruebas de confianza que podré recibir en la vida. Y aquí estamos de nuevo, Frías, escribiendo lo que me da la gana, lo que me parece más importante. Y aunque han pasado más de dos semanas nadie me quita de la cabeza que lo más importante que ha sucedido estos días en la ciudad ha sido un festival de poesía organizado por dos tipos de treinta y tantos años que ha logrado el apoyo del Gobierno, de la Consejería de Cultura, de la Diputación y del Ayuntamiento de Málaga, de varias instituciones privadas y de una legión silenciosa y gozosa de fieles que desmiente a los cenizos interesados y a los modernos de cartón piedra.
Porque está lleno el patio del Thyssen para escuchar a Enric Montefusco y de aquí se va un puñado de gente al Cementerio Inglés para una velada poética en la que se han quedado fuera más veinte personas. Porque la día siguiente, sábado noche, tienen que abrir el piso superior del auditorio del Centro Cultural María Victoria Atencia después de que se hayan completado las 300 butacas del patio inferior para escuchar a Chantal Maillard y a Piedad Bonnett hablar del suicidio de un hijo. Porque también se quedó justo el Museum Jorge Rando para ver y oír a Rozalén. Porque la gente de Villa Puchero Factory ha vuelto a llevar la poesía a la calle con una intervención urbana delicada, hermosa y un poco gamberra como ellos mismos. Porque hay en la ciudad un festival de libros y música y arte y teatro y todo junto y revuelto que da motivos para el orgullo y el entusiasmo. Porque sus directores, Violeta Niebla y Ángelo Néstore, han parido una criatura a su imagen y semejanza: sensible, divertida, curiosa y alérgica a la impostura.
Porque esta noche ha dejado de llover y hemos salido con M y se ha quedado todo el rato en brazos y en silencio, observando muy atento a Montefusco y después mirándonos a nosotros, curioso y tranquilo y feliz. Porque M todavía no ha cumplido siete meses y, aunque suele extrañar a los desconocidos, se ha quedado tan a gusto en el regazo de Isabel Bono. Porque si estas líneas nacieron con el encargo de hablar sobre lo importante, quizá lo más importante de estos días haya sido este festival que nos recuerda que podemos ser carne de cañón, pero que nos quedan la poesía, el amor y los amigos. Y si duele, tenemos las canciones de Montefusco.
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