
La campeona del mundo que emuló a Schindler
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La ucraniana Liudmila Rudenko salvó a trescientos niños del asedio nazi en Leningradomanuel azuaga herrera
Domingo, 5 de enero 2020, 00:29
Durante unos años, en la década de los cuarenta, las coronas de campeón y campeona del mundo de ajedrez no tuvieron dueño. En 1944, Vera Menchik murió cuando una bomba del ejército nazi cayó sobre su casa, en Londres. Dos años más tarde, Alexander Alekhine apareció muerto en la habitación de un hotel de Estoril, sentado junto a un tablero de ajedrez y con la cena recién servida. La versión oficial certificó que la muerte se debió a un atragantamiento por un trozo de carne, pero las circunstancias siguen siendo hoy todo un misterio. El caso es que tanto Menchik como Alekhine dejaron vacantes sus respectivos títulos. En 1948, el soviético Mijail Botvínnik se convirtió, con solvencia, en el nuevo número uno. Sólo quedaba por conocer quién sería la mejor ajedrecista del planeta.
La ceremonia de apertura del Campeonato Mundial Femenino tuvo lugar en Moscú el 19 de diciembre de 1949 en una estancia de la Casa Central del Ejército Rojo. El salón estaba repleto; el escenario, colmado de flores. Doce banderas colgaban de las paredes, una por cada nacionalidad de las dieciséis jugadoras que optaban al título. De todas las candidatas, la mayor era Liudmila Rudenko, con 45 años, los dientes amarillos de tanto fumar Belomorkanal, unos cigarrillos sin filtro. El vicepresidente del Comité Soviético para el Deporte, Dimitri Postnikov, acompañado por el campeón Botvínnik, presenció el acto inaugural.
Las cuatro representantes soviéticas (Olga Rubtsova, Valentina Belova, Elizabeth Bikova y la propia Rudenko) sentían el aliento gubernamental del Kremlin en el cogote. Por primera vez se les permitía jugar contra rivales extranjeras, pero no podían fallar ante la atenta mirada del resto de las potencias. La tensión era máxima. El departamento de propaganda del Comité Central echó más leña a la llama patriótica y exigió un triunfo para el régimen. El inicio del torneo coincidió con las fiestas nacionales que anualmente se organizaban para celebrar el cumpleaños de Stalin. Presión añadida para las cuatro. A Rudenko le tocó jugar la primera ronda, con negras, contra la estadounidense Gisela Gresser, quien había viajado a Moscú a pesar de la negativa de su marido, un abogado de Nueva York. La posición de Rudenko, ya en el medio juego, empezó a ser muy inferior. La partida pintaba mal. Un coronel de seguridad se acercó entonces a ella y la amenazó con enviarla a Siberia en caso de derrota. El duelo se aplazó por apuros de tiempo, pero, al día siguiente, Rudenko no pudo más que rendirse. Su entrenador, Alexander Tolush, le recordó la importancia de sumar puntos. Tendría que renunciar a su estilo, dejar de buscar la belleza en cada jugada. Pero Liudmila le respondió: «No me importa, Alexander. Solo juego para disfrutar». Por suerte, la amenaza del coronel no se ejecutó y esa fue su única derrota durante todo el campeonato. Así, el 19 de enero de 1950, Liudmila Rudenko, contra todo pronóstico, se convirtió en la segunda campeona mundial de la historia del ajedrez.
Su nieto Serguéi Rudenko ha contado en varias ocasiones que su abuela nunca ganó un premio en metálico: «La copa aún la mantenemos en la familia, aunque tuvimos que rescatarla porque lo primero que ella hizo fue llevarla a una casa de empeño». También le dieron una medalla de oro, pero Liudmila la usó para arreglar su débil dentadura. Y no quedó ahí la cosa. La distinción como campeona del mundo incluía la entrega de una corona de laurel, al modo de los generales romanos. Pero no crean que era una simple diadema, no, se trataba de una inmensa y gloriosa guirnalda de hojas coriáceas, tan grande que Rudenko, según se aprecia en una fotografía que circula por internet, parece hacer contrapeso para sostenerla. Al poco, cuando las hojas de laurel se fueron secando, Liudmila las usó como condimento de cocina. Los amigos de la campeona tomaron muchas sopas con aquel ligero sabor a victoria.
Rudenko nació en 1904 en la ciudad ucraniana de Lubny, región de Poltava. Su padre, Vladimir, fue asesor inmobiliario y, tras la Revolución de 1917, trabajó en una comisión encargada de proporcionar viviendas a niños desfavorecidos. Él enseñó a Liudmila a jugar al ajedrez. No conocemos los motivos, pero Vladimir terminó convirtiéndose al sacerdocio y, una buena mañana, abandonó el hogar. Corrió el rumor de que puso rumbo a Constantinopla. De golpe, Liudmila tuvo que hacerse cargo de sus dos hermanos pequeños. Empujada por la nueva situación, con solo catorce años, empezó a fumar. De la madre, por cierto, no tenemos casi noticias.
Poco tiempo después, Rudenko viajó a Odesa con la idea de estudiar Económicas. Allí formó un círculo de buenos amigos, la mayoría escritores e intelectuales, como el poeta Serguéi Bondarin, con quien solía jugar al ajedrez. Precisamente, su otra gran pasión fue la poesía. Cuentan que era capaz de recitar largos poemas de memoria. La leyenda familiar siempre narró que unos oficiales del ejército pasaron por la casa de Liudmila en Lubny y, cuando vieron que la pequeña estaba leyendo a Máximo Gorki, preguntaron, un tanto indignados: «¿Pero… cómo le dais a vuestra hija este aburrimiento?».
La ajedrecista Ekaterina Bishard (íntima amiga de Rudenko desde la década de los sesenta hasta su muerte) compartió habitación con Liudmila, de quien fue alumna. Recuerda que siempre tenía un libro entre manos. Una noche, irritada porque no podía dormir con la luz de la lámpara, le preguntó qué estaba leyendo. «El gran Gatsby», le respondió. «En ese momento, pocas personas sabían quién era Scott Fitzgerald», escribe Bishard. Así que Rudenko no solo le enseñó ajedrez, también literatura.
Durante los años que estuvo en Odesa, la joven Liudmila demostró tener un talento innato para las matemáticas… y la natación. En 1924 logró ser campeona de la ciudad en aguas abiertas y subcampeona nacional en la modalidad de 400 metros braza. Como ajedrecista, su primer torneo lo disputó en 1926, pero el resultado fue decepcionante. Sin embargo, este fracaso la espoleó y solo un año más tarde logró el quinto puesto en el Campeonato Femenino de Ucrania. Su progresión es tan extraordinaria que representa un caso realmente inédito, digno de estudio. En 1928 ganó un torneo en Moscú sin perder una sola partida: doce puntos de doce. Fue su carta de presentación definitiva. Los aficionados se preguntaban quién era esa ucraniana. Liudmila Rudenko, futura campeona del mundo.
Tras un periodo en la capital, se trasladó a Leningrado, donde se convirtió en alumna de Alexander Tolush y Péter Romanovski, dos grandes referentes del ajedrez soviético. Por esas fechas, se casó con Lev Davidovich Goldstein, un eminente científico, con quien tuvo un hijo, de nombre Vladimir, como su padre, aunque más tarde se separaron. Fueron tiempos duros: Liudmila cuidaba del pequeño, trabajaba como linotipista en una imprenta y, solo cuando podía, jugaba al ajedrez. Así pasaron los días durante años hasta que, quizás debido al cansancio o a su obsesión por el tabaco, cometió un error imperdonable.
Como si hubiese recibido la visita del mismísimo demonio Titivillus, un ser mitológico conocido por incluir erratas en los textos de los escribas, Rudenko cambió un verbo y, en lugar de componer la frase «leer libros de Lenin y Stalin», puso «fumar». ¡Fumar libros de Lenin y Stalin! El despido fue inmediato.
A partir de ese incidente, Rudenko comenzó a trabajar en una planta militar, pero, en plena guerra, evacuaron a los empleados y los enviaron a Ufá, en los Urales, a más de 2000 kilómetros. El traslado se hizo con tanta urgencia que los hijos de los trabajadores, incluido el pequeño Vladimir, se quedaron en un campamento especial muy cerca de Leningrado. Y los nazis avanzaban hacia la ciudad. Entonces Rudenko se ofreció a volver y rescatarlos. Al parecer, logró sortear los continuos bloqueos militares porque muchos soldados, aficionados al ajedrez, la reconocían. «¿No es esta Liudmila, la ajedrecista?». No sabemos cómo, pero consiguió disponer de un tren con doce vagones, uno de ellos con algo de comida. En el convoy viajaron trescientos niños, con algunas madres y abuelas hambrientas. Rudenko puso todo el empeño para que los niños comieran con las manos limpias y no cayeran enfermos. Unas cajas de aspirinas eran el único botiquín para un trayecto que duró diecinueve días bajo los continuos bombardeos de la Luftwaffe.
Milagrosamente, todos llegaron a Ufá sanos y salvos. Poco después, el ejército alemán cercó por completo la ciudad de Leningrado. El sitio duró casi novecientos días y se calcula en un millón la cifra de civiles muertos. La población, ante la falta absoluta de alimento, comió madera, bebió trozos de hielo. Los gatos se convirtieron en sustento, aunque pronto desaparecieron. Las ratas se multiplicaron. Liudmila Rudenko libró a aquellos niños del horror más inhumano y, muchos años más tarde, en el ocaso de su vida, anciana y casi ciega, recordó este episodio como la mejor de sus jugadas.
Mientras escribo esta aventura me acuerdo de Ruslan Ponomáriov, campeón del mundo en 2002, también ucraniano y buen amigo. Le escribo para preguntarle si en su país Liudmila es una figura conocida, no solo ya por sus méritos deportivos. Me extrañaría que no lo fuera. Ruslan piensa que sí, al menos por parte de los aficionados al juego-ciencia. Le hago la misma pregunta a Olga Alexandrova, varias veces campeona de España, pero nacida y criada en Ucrania. De paso, me ayuda a traducir algún nombre ruso al español. Ella cree que «solo la conoce la gente de mi generación, o los más mayores». Pienso en que Olga es aún muy joven. Aún así, sospecho que no se ha hecho del todo justicia con Liudmila. Busco y encuentro que, en 2004, cuando se cumplía el centenario de su nacimiento, el Gobierno de Ucrania lanzó una serie limitada de sellos conmemorativos con su rostro. Algo es algo. En julio de 2018, Google le rindió homenaje en forma de 'Doodle'. Me digo en voz baja que yo también debo contribuir a la causa. Hablar de Liudmila en mis clases, revisar sus partidas, buscar en periódicos de la época, encontrar a su nieto, qué sé yo.
Mientras lo considero y me decido, creo que voy a preparar una buena sopa de domingo, de esas con sabor a laurel y victoria.
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