
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Ella nunca iba a la playa. Jamás. Vivíamos a diez minutos a pie del mar, era agosto y todos teníamos más tiempo libre del que necesitábamos, pero ella siempre se quedaba en casa. Mientras los demás íbamos mutando del 'colorao' al moreno, ella seguía con su piel de un blanco fino y delicado. Tenía un color realmente hermoso, pero incomprensible. Para mí resultaba un misterio, no entendía que alguien no quisiera participar de todo aquello. Del sol, de los juegos en la orilla y de ese gusto que da salir del agua fresca y rebozarte al momento en la arena caliente. Esa sensación es irrepetible, sobre todo porque solo dura unos años, hasta que la madurez te aconseja dejar de hacerlo.
Nunca le llegué a preguntar por qué no venía con nosotras. Y si alguna vez lo hice, olvidé la respuesta, no le di importancia. Era una cría y las vacaciones para mí eran días de absoluta despreocupación y diversión. Quizás simplemente no soportaba el calor o puede que esas pocas horas en las que la casa se vaciaba de golpe de niños y adultos fueran su mayor liberación. Me gusta imaginarla sentada en la terraza tranquilamente disfrutando con su crochet y su punto de cruz, como hacía cuando ya ni la playa ni la calle eran una opción viable en su vida. Pero no eran esos los motivos. Ahora lo entiendo. Ella era la razón de que los primeros veranos que guardo en mi memoria fueran perfectos. Anita lo tenía todo a punto siempre. Era la primera en despertarse para preparar el desayuno a todos y estaba allí esperando con la casa limpia y la comida lista cuando llegábamos arrasando con el hambre que da la playa. Solo cuando el último de la mesa había terminado y la cocina estaba recogida, se echaba un rato en la cama con su radio cerca de la oreja. Pero juraría que ni siquiera se dormía, por si acaso alguien la necesitaba.
Por eso cuando hoy me toca pensar para esta sección en el mejor verano de mi vida me acuerdo de ella, de mi abuela. Mi yeya Ana. Y le doy las gracias. Por lo fácil que nos hacía la vida a todos, por lo bueno que estaban sus desayunos de rebanadas de pan recién tostadas en la carmela, por esas comidas que sentaban tan bien después de tanta playa… Hasta por el vaso de leche fría que me hacía beber sin respirar con la falsa ilusión de pegar algún día el estirón. Porque, seamos honestos, eso nunca pasó. Y la cuestión es que, aunque lo intente, no recuerdo un solo grito, una mala palabra ni siquiera una queja. Al contrario, en mi cabeza ella está siempre vestida con su batita de estampados florales, con una enorme sonrisa y con unos ojos que con el paso de los años le clareaban y le brillaban más. Lo único que podía con ella en ese tiempo eran los sofocos. No comprendía lo que significaba esa palabra, pero sabía que cuando llegaban ella tenía que sentarse un minuto para abanicarse con una fuerza y un ritmo que me fascinaban y que, por más que quisiera imitarla, era incapaz de reproducir. Ahora eso también lo entiendo.
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