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Eso de que el nombre imprime carácter, Alisa Sibirskaya también lo lleva en el apellido. La traducción al español es también su denominación de origen, ' ... Siberiana', que es de donde procede esta artista y fotógrafa que salió huyendo de su país hace una década con veintitantos años. Se le ilumina la cara cuando se acuerda de la fría Siberia donde casi siempre es invierno, pero no oculta que se sentía incómoda e incomprendida en la Rusia de Putin en la que vio venir lo que hoy está pasando. Vino a España, descubrió la fotografía y la pintura europea de Velázquez a Vermeer, y sintetizó todo eso en una obra propia y singular que mezcla el clic de la instantánea con la herencia de los pinceles y su procedencia rusa en una obra fascinante, icónica, plástica y crítica que, bajo el título de 'Belleza furtiva' -también podría haber sido 'Belleza robada'-, se apodera del Museo Ruso de Málaga desde este jueves y hasta el próximo mes de febrero.
«Mi arte no busca que me claven en la plaza Roja, sino que hablo de cosas más personales e íntimas, aunque reconozco que la situación actual y lo que estoy viviendo influye en mis obras», ha señalado este jueves Alisa Sibirskaya que, tras pasar por Madrid, se afincó en Barcelona, donde su obra ha alcanzado proyección internacional. «Me fuí de Rusia por primera vez en 2013 tras aprobarse las primeras leyes contra la comunidad LGTBI. Entonces tenía mi pareja y nuestra niña y, más que ver, intuía que en este país no podía tener un futuro digno. Ahora los gays y lesbienas están tachados de extremistas, no solo están mal vistos, sino que están penalizados», ha denunciado la artista, que ha confesado sentirse cerca de los que siguen viviendo en su país en este momento de guerra en Ucrania en el que los jóvenes están obligados a empuñar un arma.
Ese espíritu crítico y personal también se puede rastrear en la exposición en obras como 'El lago de los cines' que, como el resto juega a la confusión entre la pintura y la fotografía, con un personaje central de un hombre con corpiño de bailarina y apoyado en un piano del que caen las partituras. «Apareció este chico ruso que sale en la imagen y me dijo: 'Vamos a contar mi historia fotográficamente'. Por eso aludo a la obra de Chaikovski, que todo sabemos que era homosexual y mi país, en un acto de hipocresía, presume de él y piensa que le pertenece, pero al mismo tiempo vemos como envían a la cárcel a la gente con su misma historia», ha lamentado Sibirskaya para la que obras como ésta tienen un «efecto terapéutico».
«De alguna manera, la fotografía ayuda a esta gente ya que aquí tiene un componente de recompensa emocional y le brinda un espacio para expresarse y para hablar de lo que le indigna, preocupa y asusta», ha argumentdo la artista que juega con cierta estética trans, andrógina, gay y lésbica en muchas de sus obras, que impacta además por esa iconografía pictórica de bodegones que convierten sus instantáneas en obras que parecen 'recién' salidas del siglo XVI y XVII. «Sus fotografías revisan la pintura de los clásicos europeos con elementos contemporáneos», ha explicado la comisaria y asesora de la Fundació Vila Casas, Natalia Chocarro, que coorganiza esta exposición del Museo Ruso, con el apoyo de Caixabank y Fundación 'La Caixa'.
Colgada en las salas de la antigua Tabacalera, la obra de Sibirskaya no solo es terapéutica, sino que también activa los sentidos. La fotografía de Alisa entra por los ojos con su juego de referencias para convertirse en obras nuevas, cargadas de puesta en escena y sensualidad, con acento personal. Solo hay que ver la primera imagen que abre 'Belleza furtiva', 'Muchacha con mallas rojas', que nos devuelve a una gimnasta en chándal rojo que es como retrataría Vermeer a una de sus damas de siglos atrás, o más adelante el retrato 'Enfant terrible', que bien podría ser un cruce del tenebrismo de Caravaggio con aquel Baco de Velázquez, pero como lo pintaría hoy día: con tatuajes, bigote, labios pintados y cesto de fruta.
Más que retratos o bodegones estamos ante auténticas escenas. Algo que tiene que ver con la propia formación siberiana de Alisa, que comenzó estudiando música con 6 años y una década más tarde estudió arte dramático. Así que su llegada a la fotografía fue una evolución más de su inquietud artística, que explica además la teatralidad de sus imágenes con las que juega al «equívoco» entre fotografía y pintura, como apunta Chocarro. Ahí reside la fuerza visual de una colección que parte de la memoria colectiva y la historia del arte para (re)convertirse en imágenes con un lenguaje y códigos propios, los creados por Alisa Sibirskaya. Una obra que ni en lo icónico ni en el mensaje pasa desapercibida.
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