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Alejandro Izquierdo posa con la camiseta de Gamarra. nACHO CARMONA
Historia de una superación: 379 días y un cruzado después

Historia de una superación: 379 días y un cruzado después

Tras más de un año lesionado, el estudiante de Criminología Alejandro Izquierdo volvió a nacer deportivamente en el partido que enfrentaba a Gamarra con Victoria Kent entre aplausos de familiares y amigos

NACHO CARMONA

Martes, 14 de febrero 2023, 10:08

A veces las supersticiones pueden jugar malas pasadas. El equipo sénior de Gamarra de fútbol-sala se acostumbró a que en el vestuario sonara 'Muero por los míos', de Los Yakis, justo antes de los partidos. Alejandro Izquierdo, de 21 años, y también máximo goleador de su equipo, cambió la UMA para volver al equipo de su colegio con la ilusión de jugar con sus amigos y de cuajar un buen año en lo deportivo.

El 15 de enero de 2022 jugaban contra Cuevas del Becerro y la canción no sonó por circunstancias de la vida. A la media hora de partido, Izquierdo notó como su pierna derecha se quedaba sin energía tras intentar un recorte, su jugada fetiche. No sintió ningún dolor, nadie se podía imaginar lo que venía después. En el banquillo se hicieron varios diagnósticos hasta confirmarse días más tarde, ya en el médico, lo que más se temían: rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla. «Yo pensaba que eso a mí no me pasaría jamás, que es como las enfermedades que te cuentan y ves en la tele. Lo ves muy lejano», contó pasado un año ya.

Justo un mes después de la lesión pasó por el quirófano, el 15 de febrero. Fue ahí cuando empezó a ser consciente de lo que se le venía encima, el golpe de realidad más duro de todo el camino que ha tenido que andar para volver a ser el mismo. Ese, precisamente, fue uno de sus miedos, por todo el ruido que corre alrededor de esa lesión por parte de los deportistas profesionales. Él pudo experimentarlo en sus carnes y desde la perspectiva de un chico normal y corriente, de un estudiante de Criminología en la UMA cuya pasión siempre fue jugar a la pelota.

El proceso ha sido largo. Lo que nunca negoció, bajo ningún concepto, fue el esfuerzo y la disciplina a la hora de ponerse manos a la obra con su rehabilitación. Desde el día uno. Nada lo frenó, ni siquiera ese enfado que sintió por el fútbol-sala semanas después de aquel accidente: «Al principio no iba a ver los entrenamientos ni los partidos del equipo, me enfadé con el fútbol-sala, me mataba no poder hacer lo que más me gusta».

El primer mes fue el peor de todos: «Lo que más coraje te da es sentirte dependiente de todo el mundo, me tenían que ayudar para levantarme de la cama y para poder moverme». Acató lo que vino con filosofía y sin pajaritos en la cabeza. «Sabía que iba a dar pasos súper chicos: el primer día, andar; luego, poder bajar una escalera… hasta el punto de poder hacer mi primera sentadilla con Carmen, la fisio, tras dos meses con muletas. Ahí sentí que estaba saliendo», cuenta. Fue ella quien lo cogía de la mano en sus primeros pasos para sentirse seguro. Su ángel de la guarda durante la recuperación.

Sus profesores en la Facultad de Derecho le dieron todas las facilidades del mundo en materia de clases y de sus prácticas. Sus amigos, su novia, sus compañeros de equipo y sus fisios, por su parte, le hicieron sentirse más querido que nunca. Tras algo más de un año las conclusiones que saca son casi todas positivas: «Me he sentido súper querido y súper apoyado por todo mi entorno. Claro que me planteé no volver a jugar, no sabía si me compensaba arriesgarme a pasar por esto otra vez; pero luego llegaba a un entrenamiento del equipo y aunque lo tuviera que ver desde el banquillo yo me lo pasaba genial».

Esta lesión la define como una «de día a día», de esas que hacen valorar cosas tan normales como poder pasear con tu pareja o darse una carrera dentro del pabellón. En su día pasó a ser algo extraordinario. Algo dentro de él volvió a nacer para poder experimentar sensaciones ya vividas, ahora con la ilusión de las primeras veces.

Lo importante, querer volver

El paso más importante de todos fue el de verse con la seguridad de volver a correr por la pista como antes. Las primeras veces decía que no. No se veía con esa confianza aún. Con el calendario en la mano no le gustaron los partidos que tenían porque no se veía con la capacidad de sumar al equipo. Con su entrenador y con los compañeros fijaron el 29 de enero como fecha con la intención de hacer las cosas bien. Jugaban en casa y planificaron ese ansiado regreso con tiempo para minimizar riesgos.

Situaciones como la que le ha tocado vivir a Alejandro Izquierdo dan para mil y una anécdotas. Es complicado de por sí pasar desapercibido en alguna que otra biblioteca de la UMA, y entrar a una de estas con muletas es casi peor que hacerlo con tacones. El primer día cuenta que lo hizo muerto de la vergüenza; el décimo, sin embargo, todo eran risas. «Ya me conocían perfectamente», bromea Izquierdo sonriente.

El miedo de volver a lesionarse también lo tenían sus compañeros. Al principio nadie le entraba en los entrenamientos. Él insistía en que tenían que hacerlo, pero las ganas de que volviera eran superiores a la normalidad que la situación exigía. Un día, al mes de empezar a entrar de nuevo, Izquierdo cayó al suelo como a cualquiera de sus compañeros le podría haber pasado, en un lance del juego más. Pegó un grito de forma instintiva y en el pabellón de Gamarra se paró el tiempo. «Puedo reproducir el silencio perfectamente en mi cabeza», dice, aunque afortunadamente todo quedó en un susto.

Su binomio junto a Enri

Forma junto a su compañero de equipo y amigo, Enri Roldán, estudiante de Magisterio de 20 años, un tándem de lujo dentro y fuera de la cancha, tanto en el fútbol-sala como en los demás ámbitos del día a día más cotidianos. Juntos sacan adelante un equipo de cadetes dentro del club donde juegan, Gamarra. En la misma mesa se sientan los dos, bromeando tras haber superado este mal trago juntos. «Cuando acabó el partido le escribí. No me lo creía. Nos habíamos acostumbrado a que estuviera lesionado y fue una sensación increíble verlo jugar con nosotros otra vez», contaba Enri.

Ha seguido muy de cerca a su compañero. Recuerda con una sonrisa los primeros entrenamientos de Izquierdo, cuando entraba de comodín en los 'rondos' o el día que pudo completar uno entero con el resto de sus compañeros.

El equipo de chavales que lleva junto a Enri le enganchaba mucho. Le ayudó a nivel mental a seguir conectado con el fútbol-sala y a sentirse útil. Fueron ellos quienes consiguieron que se desenfadara con el deporte y que recuperara la ilusión de seguir ligado a todo ello: «Los niños me dedicaban los goles los primeros meses, han sido un punto fuerte de apoyo». Antes de sus partidos también suenan ya en su vestuario las canciones de Los Yakis. No vaya a ser...

Alejandro Izquierdo y Enri Roldán posan en el Palacio San Miguel de Torremolinos tras un partido del Gamarra. crónica

Y aunque no le haya dado tiempo a encontrarse al cien por cien todavía, afirma convencido que ha vuelto mejor. Su actitud, en ocasiones, no volverá a ser la misma nunca más. Ya no tiene días de pereza a la hora de ir a entrenarse, no cree que vuelva a tomarse el deporte tan en serio como en tiempos anteriores: «Yo lo que celebro es estar jugando, poder hacerlo y divertirme. Ya no me parece un rollo tener que jugar un domingo a las ocho de la mañana en Manilva, por ejemplo».

Esta es la cara más oscura del deporte, esa que lo hace algo impredecible tantas veces. Cuesta verlo y más al principio; pero de todas las situaciones se sacan conclusiones positivas. Quizá sea un poco ventajista que se dé siempre a posteriori, cuando la tormenta ya ha pasado. Ale Izquierdo sonríe tras haberlo superado y reconoce haber experimentado sensaciones nuevas, de todo tipo, que le han hecho volver mejor: como deportista y también como persona.

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