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Durante estos días se le puede ver vestido de concejal, cirujano, mariachi o novia. Miguel «El ciego» es el hombre de las mil y una caras del carnaval. En su casa guarda cuidadosamente 119 disfraces y sigue ampliando su colección a una media de cuatro o cinco cada año. Miguel Sánchez fue uno de los fundadores de la Asociación Cultural Amigos del Carnaval en abril de 1982 y desde entonces estas fiestas son su más que su vida. Tanto que es el único que sale disfrazados a todos los actos que se celebran en la ciudad.
Una de las habitaciones de su casa en El Palo está dedicada en exclusiva a guardar los disfraces. Los tiene colgados, en armarios, en cajas. Y aunque apenas le queda espacio para ninguno más, cuenta que todos los años sigue ampliando su colección. «Compro todos los que me gustan o me llaman la atención por algún detalle», sostiene. Las últimas adquisiciones las tiene en un lugar destacado de la habitación: uno de novia y otro de vieja.
De su amplia colección hay algunos que guarda con especial cariño. Cuando se le pregunta, siempre recuerda uno de payaso que tenía una parte de mujer y otra de hombre y otro de pescado que sacó con el grupo Morrallita Paleña en 1985. Miguel recuerda que los primeros disfraces se los tuvo que hacer a medida en el taller de la gaditana Pepi Mayo porque en Málaga nadie se dedicaba a la venta o confección de estas prendas.
A sus 71 años explica que su relación con el carnaval comenzó a principios de los 80. En Málaga todavía no se celebraba, y solo en Cádiz había unas Fiestas Típicas Gaditanas «porque la palabra carnaval estaba prohibida». Entonces vivía en El Molinillo y comenzó a organizar viajes en autobús a la ciudad vecina para conocer más de cerca la fiesta. «Nos empezamos a reunir en peñas porque era muy difícil organizarse en la ciudad», detalla.
Su primera participación fue en el grupo Los Molineros, que cogió su nombre del barrio del que procedía. Siempre relacionado con las murgas, la mayor parte del tiempo tocó la caja y el bombo. Y fue así principios de los 90, cuando una broma pesada le hizo plantearse su salida de la primera fila. «Cuando fui a bajarme del escenario me cambiaron de sitio la escalera y, como veo poco, me caí y le cogí un poco de miedo».
Desde entonces no ha vuelto a participar en un grupo, pero tampoco ha dejado de acudir a su fiesta favorita. «A algunos les gusta la feria o salir a beber, a mi solo me gusta el carnaval», se defiende. Miguel es un fijo en las butacas de los teatros Alameda y Cervantes cuando se celebra el concurso y en cualquier esquina en el momento en que el carnaval sale a la calle.
En tantos años de fiesta cuenta con anécdotas para todos los gustos, aunque a él le gusta recordar las que guardan relación con el alcalde. Tradicionalmente acude disfrazado de concejal a la final del concurso de coplas. El carnavalero aprovechó su traje para conseguir trabajo a los malagueños. «Me puse a decirles a todos que fueran a ver al concejal de mi parte con el alcalde al lado mío», dice.
Y así se propone seguir haciéndolo mientras las fuerzas le acompañen. «Ya me siento muy pesado y este año se me ha hecho muy complicado salir en la cabalgata». Pese a todo, su disfraz de hombre lobo causó sensación en el Centro. «Todo el mundo se quería fotografiar conmigo», sonríe.
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