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Andalucía padece sed. La comunidad atraviesa un periodo de sequía que ya va por su sexto año y en el horizonte no aparece ninguna nube ... que invite a optimismo. Este territorio ha vivido a lo largo de su historia otros periodos de bajas precipitaciones y pantanos vacíos –de hecho, esta es la cuarta sequía que se cuenta en las últimas cuatro décadas después de las sufridas en 1982-1984, 1991-1995 y 2005-2009- pero algunas señales que se reciben ahora, con temperaturas veraniegas en pleno abril, invitan a pensar que no se está ante un mero fenómeno cíclico.
En la semana que acaba de terminar, en el Parlamento comenzó su actividad el grupo de trabajo sobre la sequía en el que se escucharon testimonios cualificados. Ahí, el presidente de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, Joaquín Páez, advirtió de que Andalucía lleva 25 años en situación de cambio climático y que ya hay un 7 por ciento menos de precipitaciones que a finales del siglo XX.
En la semana que ahora comienza, el Consejo de Gobierno de la Junta aprobará un nuevo decreto de sequía, el tercero en tres años, una decisión que se adoptó tras la reunión del Comité de Expertos de la Sequía. En su comparecencia posterior, el presidente de la Junta, Juanma Moreno, no dudó en recordar que la situación que se atraviesa es consecuencia del cambio climático. De momento no hay previstas restricciones al consumo, al menos en las ciudades, pero ésta no es una sequía más.
Lo que determina una situación de sequía no es el nivel de las precipitaciones, sino las reservas de agua con las que se cuenta. Si se produce un largo periodo de lluvias escasas pero con pantanos llenos, no se considera que exista sequía. El actual periodo seco, que se inició en 2018, es inusualmente prolongado y ello ha llevado a una situación extrema tanto a las reservas de agua como a la reserva de los acuíferos.
En total, Andalucía tiene capacidad para almacenar 11.941 hectómetros cúbicos, de los que actualmente dispone de 3.472, apenas un 29,08 por ciento. La comparación de este dato con lo que se disponía hace un año, cuando había un 7 por ciento más de agua embalsada, y con la media de la última década, que es del 63,56 por ciento, permite valorar la gravedad de la situación.
La estructura hídrica de Andalucía se articula en seis demarcaciones hidrográficas, tres de ellas intracomunitarias –Cuenca Mediterránea, Guadalete-Barbate y Tinto Odiel y Piedras- y tres que afectan también a otras comunidades –Guadalquivir, Guadiana y Segura-, aunque la del Guadalquivir es la que concentra mayor caudal hídrico de todo el territorio andaluz y la que afecta a más provincias. Los embalses de esta cuenca, con una capacidad de 8.030 hectómetros cúbicos, están al 25,21 por ciento de su capacidad, casi 40 puntos por debajo de la media de sus últimos diez años.
En la Cuenca Mediterránea Andaluza, la situación es ligeramente mejor, aunque su capacidad de almacenamiento es de sólo 1.174 hectómetros cúbicos. La ausencia prolongada de lluvias la ha dejado al 37,71 por ciento de su capacidad, 11 puntos menos que hace un año y 23 puntos por debajo de la media de la última década.
En Guadalete-Barbate, provincia de Cádiz, con una capacidad de 1.651 hectómetros cúbicos, hay apenas un 28,41 por ciento de agua embalsada, 38 puntos menos que la media de la década, y en la demarcación de Tinto-Odiel-Piedras, en el oeste de la provincia de Huelva, es donde hay una mejor situación, con los pantanos a un 68,12 por ciento aunque su capacidad de embalse es de apenas 156 hectómetros cúbicos.
National Geographic se hizo eco recientemente de un estudio internacional que alerta de los efectos en la agricultura de todo el planeta de los efectos del calor y la sequía. Según este estudio, dirigido por el académico paquistaní Aqarab Husnain Gondal, el aumento de cada grado centígrado se traduce en una pérdida del 6 por ciento de la producción mundial de trigo.
Se trata solo de uno de los graves efectos de los que Andalucía está lejos de poder escapar. En general, peligra la cosecha de todos los cereales de invierno. Es una situación aún peor que la del año pasado, cuando las cosechas arrojaron unos descensos acusados respecto a la media de los años 2018-2021, del entorno del 40 por ciento.
Uno de los ejemplos más dramáticos de la repercusión de la sequía en el sector primario es el olivar, cuya cosecha de la campaña 22-23 ha alcanzado apenas la mitad de la media de las últimas cinco campañas.
Según los datos de la Consejería de Agricultura, Agua y Desarrollo Rural, este sector atraviesa un momento crítico y si no hay agua la cosecha puede ser incluso más baja que la última, que a su vez ha sido la peor del siglo XXI. Las previsiones son pesimistas, ya que ni la entrada en producción de nuevas plantaciones, ni las 600.000 hectáreas de olivar de regadío podrán compensar la bajada de cosecha que se augura.
En los cítricos, la producción ha caído un 40 por ciento y en algunas zonas ya se teme por la supervivencia de los árboles. Se prevén podas severas, con pérdidas cuantiosas, especialmente en la zona del Guadalquivir. Están en juego tres millones de jornales y un volumen de negocio de 700 millones de euros.
Algo similar sucede con los frutales de hueso y con los almendros, del que Andalucía es el principal productor de España y cuya cosecha caerá un 50 por ciento.
El arroz es uno de los cultivos en una situación más complicada. El año pasado la superficie sembrada en Andalucía se redujo en un 30 por ciento y con las dotaciones de agua previstas los agricultores se verán abocados a no sembrar. Se estiman unas pérdidas de más de 100 millones de euros. En el sector del algodón los agricultores también se están planteando no sembrar.
También está en grave riesgo la situación del tomate, con una superficie de siembra que en Andalucía ronda las 7.000 hectáreas y que tiene asociada una potente industria de transformación. Con las dotaciones de agua prevista se prevé que no pueda cultivarse tomate para transformación en esta campaña, con unas pérdidas previstas de 60 millones de euros.
El girasol, sembrado recientemente, va a depender en gran medida de cómo se desarrollen las próximas semanas; cultivado de manera mayoritaria en secano, es prácticamente imposible que culmine su desarrollo sin lluvias. Las pérdidas en este sector pueden rondar los 160 millones de euros.
En frutas y hortalizas la sequía traerá pérdidas de un 20 por ciento, porcentaje similar al que se perderá en la ganadería extensiva.
Los padecimientos del sector primario debido a la escasez de agua tendrán una repercusión económica directa en el conjunto de la economía andaluza y concretamente en dos indicadores fundamentales: el de la inflación y el del crecimiento del Producto Interior Bruto. Esta semana, la CEA recordó el valor estratégico del agua y su efecto en el empleo y en la actividad económica de Andalucía y demandó más diálogo e inversión para esta materia.
Un descenso en la producción agrícola en las dimensiones apuntadas a causa de la escasez de agua está provocando la caída de la oferta y por lo tanto un aumento de los precios de los alimentos. Se trata de una tendencia que se mantendrá hasta tanto el sector no se recupere.
Pero además, el peso relativo del sector primario en la economía andaluza, un 6,7 por ciento de su Producto Interior Bruto, es mayor al que tiene en el conjunto de la economía española, de un 2,9 por ciento. Por ello, los padecimientos del campo repercuten con mayor fuerza en el conjunto de la economía.
Ello explica el menor crecimiento relativo de Andalucía en comparación con España. Esto ya comenzó a sentirse en el último trimestre del año pasado, cuando una caída del 12,8 por ciento en la agricultura andaluza se tradujo en que el conjunto de la economía regional sólo creciera un 2,1 por ciento frente al 2,7 por ciento nacional. De hecho, el resto de los sectores productivos -industria, construcción y servicios- presentaron de manera generalizada un mejor comportamiento que en España. El conjunto de los sectores no agrarios registró un crecimiento en Andalucía del 6,2% en 2022, medio punto por encima de la media nacional (5,7%).
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