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La denuncia de la violencia de género, que nació en el movimiento feminista, atravesó en los últimos años casi todas las barreras ideológicas para convertirse ... en una concienciación que alcanza a prácticamente toda la sociedad y a las multicolores expresiones políticas que la representan. Hoy día el machismo y su expresión más violenta encuentran rechazo y el acuerdo de que supone un grave problema social por resolver en todos los ámbitos políticos, desde la izquierda más radical hasta quienes se identifican con el pensamiento liberal o conservador. La única excepción se encuentra en extremo derecho del arco ideológico, que se resiste a considerar la singularidad específica de este problema y se empeña en diluirlo entre otros tipos de violencia y a hurtarle, en consecuencia, la identificación y el tratamiento específico que su gravedad requiere.
Concretamente en el diverso y desunido espacio de las izquierdas, pocos consensos están tan arraigados como el de la necesidad de luchar contra el machismo y eso se traduce en todas sus expresiones públicas, en la redacción de los programas políticos y hasta en el lenguaje que utilizan sus representantes. Por ello, si una líder de ese ámbito utiliza la figura de una mujer maltratada para explicar cómo está la relación entre su organización y otra con la que se especula que podría firmar una alianza electoral es que esa alianza es una quimera.
Cuando la líder de los Anticapitalistas de Adelante Andalucía, Teresa Rodríguez, recurrió esta semana a esa metáfora para explicar qué pasos deberían darse para avanzar en el camino de conformar una sola lista entre su organización, Unidas Podemos y otras fuerzas políticas a la izquierda del PSOE, dio una señal clara de que la posibilidad de que todo ese espacio vuelva a confluir en una sola oferta electoral está más lejos que nunca.
Rodríguez, cuyo grupo fue expulsado del grupo parlamentario que ahora se denomina Unidas Podemos por Andalucía y sus diputados, desprovistos de la mayor parte de sus derechos, comparó su situación con la de una mujer maltratada cuyo maltratador la está invitando a volver a casa. En esta metáfora, los Anticapitalistas serían la víctima y las dos fuerzas que componen Unidas Podemos -Podemos e Izquierda Unida-, el marido maltratador.
Más allá de la consideración moral que pueda merecer la utilización de esta metáfora en un debate de naturaleza política, resulta difícil imaginar una comparación más ofensiva para sus antiguos compañeros de viaje y un mensaje más alejado de cualquier voluntad de unidad.
El argumento de Rodríguez es que no puede sentarse a hablar de una posible lista electoral si antes no se les restituyen a ella y a los suyos los derechos de los que fueron privados con su expulsión del grupo parlamentario. En Izquierda Unida responden que están dispuestos a hablar de todo sin condiciones previas, pero para ello primero hay que sentarse. La negociación, si es que existe, ha entrado en bucle sin salida.
No es la primera vez que la dirigente anticapitalista recurre a la figura de la mujer maltratada, por lo que debe descartarse que se trate de una comparación improvisada a la que no haya precedido una mínima reflexión. No se trata de un exabrupto lanzado sin medir las consecuencias y el alcance de tamaña ofensa.
La insistencia en el argumento invita más bien a pensar que la intención es victimizarse y presentar como una agresión lo que no fue otra cosa que el desenlace de una disputa política. Un desencuentro entre organizaciones que en un momento dejaron de entenderse y que por lo visto seguirán sin hacerlo.
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