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José Antonio Griñán, expresidente de la Junta de Andalucía. EFE/Raúl Caro
José Antonio Griñán relata en su libro autobiográfico su condena por los ERE

El día en el que el aire adelgazó

El expresidente José Antonio Griñán relata en su libro autobiográfico la conmoción que le supuso conocer su condena por los ERE

Domingo, 27 de marzo 2022, 00:09

Un dolor distinto a ninguno de los sufridos hasta ese momento. El expresidente de la Junta de Andalucía José Antonio Griñán presenta en estos días su libro 'Cuando ya nada se espera' (Galaxia Gutenberg), una incursión autobiográfica en la que repasa su larga trayectoria vital y política y cuyo último concluye en las elecciones de autonómicas de 2015, cuando Susana Díaz consumó con una victoria electoral la sucesión al frente del PSOE-A y de la Junta.

Es en el epílogo donde Griñán se refiere a su peripecia tras el retiro, que incluyó el trance de sentarse en el banquillo de los acusados por el caso de los ERE y su posterior condena, que le fue comunicada el 19 de noviembre de 2019. El relato de cuando leyó la sentencia es particularmente intenso: «Sentí que el aire se adelgazaba y que el ruido de la sala enmudecía», escribe el expresidente sobre ese momento, en el que asegura haber sentido un dolor de una intensidad distinta a cuanto experimentó a lo largo de su vida.

Griñán asegura que quedó conmocionado no tanto por la pena que se le imponía como por su propia incapacidad para comprender las razones de los jueces, que, sostiene, no esgrimían hechos probados sino opiniones. «No se me condenaba por actuaciones concretas -asegura-, sino por inacción».

El expresidente, condenado en esa causa a seis años de prisión por prevaricación y malversación y pendiente del recurso ante el Tribunal Supremo -que se verá los próximos 4 y 5 de mayo-, reconoce que tuvo responsabilidad política en el caso y recuerda que por ese motivo dimitió como presidente de la Junta. Sin embargo, asegura que nunca llegó a imaginar que el asunto iba a derivar al extremo de una causa penal y mucho menos en una condena de semejante gravedad.

En el relato de la manera cómo vivió los días del juicio, en el que recuerda su paso por el banquillo como una experiencia penosa, hace su descargo sobre la responsabilidad que le pudo caber en las irregularidades que le supusieron la condena. Recuerda que ninguno de los inculpados estaba acusado de haber sustraído dinero público para sí o para el PSOE. «Se juzgaba en realidad un procedimiento administrativo puesto en marcha cuatro años antes de mi incorporación a la Junta de Andalucía» y recuerda que el mismo fue sustituido» al aprobarse el primer presupuesto de su gobierno. Se les culpó, sostiene, a unos por haberlo creado y a otros, por no modificarlo.

Asegura que el caso de los ERE desbordó lo estrictamente judicial y que desde 2012 fue utilizado como munición política por el PP. Recuerda que formaba parte de todos los discursos de la entonces oposición. «Era rara la ocasión en la que un debate parlamentario no terminara con alusiones a este caso», escribe el expresidente, que no duda en apuntar que muchos de los autos emitidos por el Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla -presidido por la jueza Mercedes Alaya, a quien no menciona en ninguna de las 544 páginas del libro- coincidieron con momentos políticos señalados.

Reconoce que desde el momento en el que el juzgado sevillano elevó la causa al Supremo, tanto él como su antecesor, Manuel Chaves, se convirtieron en «cadáveres políticos que nadie querría tener en su armario». Aunque admite que los líderes históricos del socialismo nunca dejaron de defenderlos, revela que desde el principio ambos expresidentes sabían cuál era el destino que les esperaba: «Oscurecernos hasta la casi desaparición».

Apunta contra el Partido Popular y lo que considera su empeño en conseguir una condena, estrategia en la que incluye al entonces ministro de Justicia en el Gobierno de Rajoy, Rafael Catalá. Revela que en una ocasión recibió una llamada telefónica del presidente de la Junta, Juanma Moreno, a quien le dijo que si en lugar del jefe del Ejecutivo andaluz lo hubiese llamado Juan Ignacio Zoido, se hubiese negado a atenderlo. Meses más tarde se encontró con otro dirigente del PP que le dijo: «Tú estás muy equivocado, a ti quien te jodió no fue Juan Ignacio Zoido, sino Javier Arenas».

Griñán recuerda que los meses del juicio fueron agotadores para él y que combatía la angustia y la tensión con tranquilizantes e intentando abstraerse de la causa los días en los que no se celebraban sesiones. Menciona también el año transcurrido desde que concluyó el juicio hasta la mañana en la que fue citado para leer la sentencia. En ese tiempo, en el que asegura haber envejecido lustros, intentó encontrar ocupaciones que tenía que inventarse, al estar ya jubilado. «Ni las tareas de la casa, ni las que yo me imponía, ni las caminatas que hacía, cada amanecer, solo, triste, cansado, pensativo y viejo, conseguían distraerme de lo que ya vivía como una tragedia».

Un año después llegó la notificación de la sentencia, en una sala diferente a la del juicio y sin la presencia de los jueces. Fue en la mañana en que sintió «que el aire se adelgazaba y que el ruido de la sala enmudecía».

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