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IGNACIO JÁUREGUIflaneurinvisible.blogspot.com.es
Viernes, 18 de enero 2013, 19:04
Una caravana apenas salida del desierto hace una parada. Preparan de comer, pasan la noche, recogen y se marchan. Al día siguiente se dan cuenta de que han olvidado unas vasijas y envían a un criado a buscarlas. El criado vuelve a las pocas horas, nervioso: agua, agua, he encontrado una fuente. ¿Dónde, en nombre de Alá? Donde comimos ayer. Eso quiere decir, si hemos de creer la versión más extendida, el nombre de la ciudad. Resulta tentador atribuir capacidades proféticas a aquellos caravaneros que la bautizaron mirando atrás: Ghadames es hoy, más que ningún otro, el lugar de ayer. Lo cierto es, sin embargo, que durante muchos siglos este enclave no tuvo nada de nostálgico ni atrasado: desde la época en que era un puesto avanzado del imperio romano, las caravanas han traído de uno y otro lado del desierto novedades idiomas costumbres cachivaches. Esta vitalidad, sin embargo, no sobrevivió a las rutas que la alimentaban: Ghadames se dedicó a languidecer al sol hasta que, en los años 70, el gobierno construyó una ciudad nueva y forzó el traslado de los vecinos que quedaban.
Hace menos de cien años que esta ciudad se echó a dormir, pero para quien pasea por sus calles cubiertas podrían ser quince siglos o veinte minutos. Quien ame la pureza por encima de todas las cosas debería apresurarse a venir antes de que el afán de los restauradores, el deterioro del tiempo o los cambios sociales, empujando cada uno de su lado, echen por tierra el delicadísimo, milagroso equilibrio que mantiene a Ghadames en un nivel de existencia irreal, suspendida en un limbo sin tiempo. En unos años será un escenario travestido para el comercio mono, la cocina multicultural y los albergues de mochileros o, tal vez, un montón irrecuperable de escombros o simplemente -Alá lo permita- un barrio antiguo habitado por los nietos de quienes lo abandonaron por insalubre e inhóspito.
Cascada deshabitada
Uno, por su parte, todavía no ha puesto de acuerdo sus impresiones. No es, desde luego, la clase de ciudad que prefiere (para empezar no es una ciudad sino su carcasa deshabitada, libre del engorro que suponen los vivos con su tendencia a alterar lo que sus muertos les dejaron), pero habría que ser muy marmolillo para no dejarse enganchar por semejante prodigio visual.
Abandonándose al fácil entusiasmo del explorador de pega, el viajero pasará horas dando tumbos por el laberinto. Una calle cubierta comunica a modo de espinazo las células cerradas de cada tribu o familia. El blanco de la cal es en esta penumbra de una cremosidad comestible; telescópicamente se suceden arcos y dinteles en una perspectiva que parece poder prolongarse de forma indefinida. A cada poco, interrumpiendo el entramado de vigas de madera, se abre un pozo de luz que irrumpe en el pasadizo marcando la sección con un tajo incandescente. Treinta veces atravesará la misma encrucijada, entregado sin condiciones a la fascinación de ese espacio continuo, fluido, que se estrecha y expande con el pulso de una vena. Serán las resonancias que la soledad añade, o la gradual inclinación de la luz de tarde que baña los volúmenes de un barniz trascendente, pero al viajero le parece por momentos haber traspasado algún umbral y encontrarse al otro lado. Hay rincones de una belleza sobrecogedora, concentrada, hiperreal, saturada de color y libre de distorsiones como sólo se da en sueños o memorias. No hay basuras ni charcos, no hay carteles, no hay buzones repletos ni animales ni timbres. No hay ruido alguno. Libre de las fatigosas servidumbres de lo real, Ghadames se ofrece a la mirada limpia y nítida como los paisajes de la infancia: esta ciudad espectral no se visita, se recuerda.
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