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SANDRA BALVÍN
Martes, 13 de diciembre 2011, 02:32
Los habitantes del Campo de Gibraltar no tienen que viajar a San Diego (Estados Unidos) para escuchar a uno de los dibujantes favoritos de los miles de jóvenes que acuden cada año a la Comic-Con. Ni siquiera tienen que desplazarse a las ferias del tebeo de Madrid, Granada o Barcelona. Probablemente muchos desean hacerlo, pero, mientras tanto, algunos pudieron escuchar a Carlos Pacheco - e incluso someterle a un tercer grado - en el ciclo de conferencias que la tienda Amuleto dedica a las firmas de la zona. Los dibujantes Jesús Merino e Isaac Casanova, y el guionista Julio Videras son algunos de los nombres que se han sentado tras la mesa de los conferenciantes, aunque las charlas tienen mucho más de tertulia entre amigos de que ponencias de expertos. Los que pasan por la mesa saben mucho de lo suyo, pero tienen en común la actitud cercana de quienes han sido cocineros antes que frailes y la ilusión de quienes saben que siempre es posible aprender un poco más.
Carlos Pacheco se enfrentaba a la difícil misión de hablar sobre algo de lo que no hubiera hablado ya. Seguramente le quede muy poco por decir - fuera del papel - sobre su último trabajo, 'The Uncanny X Men para Marvel'. Es el proyecto estrella de una de las dos grandes compañías nortemericanas del cómic, con una repercusión que ha traspasado la escena del tebeo. Tampoco, en contra de una tendencia muy generalizada entre algunos artistas, fue a hablar de su último premio, el galardón al mejor artista nacional de Expocomic. Decidió hacer un ejercicio de memoria y comparar el antes y el después de la profesión. Son dos décadas las que lleva como dibujante y ha sido, por tanto, testigo de los cambios que la era digital ha impuesto a velocidad de vértigo.
Jueces implacables
Los fotógrafos suelen referirse al salto de lo analógico a lo digital, los escritores también lo hacen ocasionalmente. Dijeron adiós, respectivamente, a sus cámaras y a sus máquinas de escribir (electrónicas en el mejor de los casos). Se diría que sólo ellos tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. No fueron los únicos. Los dibujantes y el equipo que les rodea también tuvieron que padecer los ensayos y los errores hasta dar con la fórmula adecuada.
Recordó los principios de los noventa. Las idas y venidas a la fotocopiadora de un pasaje de la calle Ancha. Fotocopias, faxes, envíos y escaneados a Inglaterra. El dibujante describe algunos de los primeros resultados con una palabra: «Horribles». Era un buen comienzo, sin autocrítica es difícil avanzar. Siguieron, como explicó en la charla, los turbulentos años del coloreado infográfico. Las nuevas herramientas requerían conocer el uso de programas que sólo manejaban los informáticos. Los informáticos y algún que otro advenedizo acababan así convertidos en artistas que teñían las explosiones, cálidas por definición, de colores inapropiados para una deflagración como el verde o el azul celeste.
Según Pacheco, las nuevas tecnologías, una vez desarrolladas y generalizadas para todos los usuarios, suponen un arma de doble filo. Por un lado, agilizan el trabajo y garantizan al dibujante y al entintador un mayor control sobre la obra. Por otra parte, la posibilidad de encontrar en Google la imagen de cualquier objeto o lugar del mundo obliga a dotar los trabajos del mayor realismo posible. «Antes te pedían que dibujaras algo parecido a una base aérea, ahora te piden la base Edwards con cinco raptores, por eso los tebeos se han vuelto tan hiperrealista», explica.
La cuestión no es baladí. Internet proporciona a los internautas la posibilidad de realizar las críticas más siniestras y despiadadas al golpe de un clic. El público pide detalles y a Pacheco, a pesar de las bromas, lo acepta con deportividad. El detalle, sin embargo, ralentiza el ritmo de trabajo, por lo que hace un llamamiento a la comprensión popular para que no decaiga la gran joya de los amantes de los cómic: el tebeo de grapa. A veces es saludable dar un respiro al realismo y hacer trabajar a la imaginación.
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