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Vista área del Limonar y la Costa.
La historia detrás de las villas y hotelitos del Limonar

La historia detrás de las villas y hotelitos del Limonar

El Parque San Antonio y Villa Onieva fueron construidos como edificios gemelos, el doctor Gálvez Ginachero trató de montar su clínica en el Colegio de Aparejadores y Franco durmió en el Colegio de Arquitectos

Ana Pérez-Bryan

Domingo, 3 de mayo 2015, 00:26

Puede que en el trasiego cotidiano los detalles históricos queden en un segundo plano, pero el paseo por algunos de los barrios más emblemáticos de Málaga deja mucho espacio para la sorpresa. Sucede por ejemplo con El Limonar, sin duda uno de los más bonitos de Málaga y espejo de los acontecimientos más relevantes de la vida social y económica de la ciudad en el último siglo. Situado junto a la playa, desde finales del siglo XIX se convirtió en el barrio burgués por excelencia y lugar de residencia de ilustres como Félix Sáenz, el doctor Gálvez Ginachero o Francisco Bergamín, entre otros. Todos ellos convirtieron este lugar del este de la capital en el escenario perfecto donde escapar del bullicio del centro: de ahí surgen sus 'hotelitos' y villas, concebidos como residencias de veraneo y lugares de descanso.

Dos de los edificios más espectaculares del barrio, Limonar 40 o Villa Fernanda, fueron concebidos en sus orígenes como residencias veraniegas para familias extranjeras, y en la construcción de otros muchos intervinieron arquitectos ilustres como Fernando Guerrero Strachan o Manuel Rivera Vera, autores del Ayuntamiento de Málaga.

De sus detalles e historias secretas (y no tanto) sabe mucho el historiador Jorge Jiménez Reyes, impulsor junto a su colega Mar Rubio y la empresa de gestión cultural Cultopía (www.cultopia.es) de una ruta por la zona que ha conseguido ganarse la curiosidad de muchos malagueños interesados por la historia local. La próxima cita con la historia del Limonar es el 9 de mayo y a lo largo del itinerario se descubrirán sobre el terreno los detalles de estas edificaciones y, sobre todo, de las familias que las habitaron.

¿Sabían, por ejemplo, que el actual Hospital Parque San Antonio y Villa Onieva fueron levantadas como edificaciones gemelas? Fueron mandadas a construir por José Vilchez Schell y el actual Parque San Antonio tenía la torre en el lado derecho para respetar su condición de pareados. En su origen recibió el nombre de 'Villa de la torre verde' por el color de su tejado y no fue hasta 1935 cuando fue adquirira por la familia Onieva. Desde entonces se la ha conocido con este nombre, y en su historia reciente ha sido, además de residencia, una tienda de decoración y listas de boda.

El recorrido por esa acera privilegiada que discurre paralela al mar sigue en el Hotel Caleta Palace, actual sede de la Subdelegación del Gobierno. También ha sido, por ejemplo, centro de salud, pero su época de esplendor está relacionada con la actividad hotelera. Su primera denominación (1901) fue 'La venta de Epifanio' e incorporó incluso un teatro al aire libre en los jardines para atraer a más clientela en verano. Una de sus grandes remodelaciones, en 1919, corrió a cargo de Fernando Guerrero Strachan, que proyectó un centenar de habitaciones, 75 de ellas con baño propio. El especialista Jorge Jiménez cuenta como anécdota que las fachadas más hermosas del edificio daban al río y a los jardines, y no a la playa porque allí estaban las vías del ferrocarril Málaga-Almería. El 1943 cerró como hotel y se reabrió como el Sanatorio 18 de julio, dirigido por los padres Paúles.

El recorrido por el paseo de Miramar tiene una parada obligada en Villa Fernanda, sin duda una de las casas más bellas de la ciudad y construida sobre parte de los terrenos del Castillo de Santa Catalina. Uno de sus moradores fue Leo Herman, ingeniero que se empadronó en la casa en los años 30 pero que pasaba largas temporadas fuera de Málaga. Un detalle: allí se podía jugar al tenis si el administrador y cuidador daba su autorización.

El instituto Médico Miramar, Villa Suecia -llamada así porque su primer propietario fue de origen sueco-, Villa Dolores o Villa San Enrique forman parte del itinerario por el tramo del Miramar. En su paseo gemelo, El Limonar (el Miramar sube y el Limonar baja), deslumbran tanto el actual Colegio de Aparejadores como la casa que en la actualidad alberga el negocio Limonar 40. El primero de ellos fue mandado a construir por el político Francisco Bergamín con una gran variedad de estilos arquitectónicos y allí vivió, además, el ilustre doctor José Gálvez Ginachero. Fue su residencia de soltero y mantuvo la casa cuando se casó; y allí también nacieron sus tres hijos, aunque no fue finalmente la sede de su clínica. Sí lo fue, en cambio, del sanatorio del doctor Bustamante, que a partir de 1925 le dio un uso hospitalario a la vivienda principal, sobre todo para maternidad.

A mitad de camino también es obligatoria la parada en el Colegio de El Limonar, que justo ahora celebra su medio centenario como centro educativo y cuya edificación principal (el hotel y el jardín delanteros) tiene 116 años. La encargada de poner en marcha el colegio fue Conchita Álvarez-Net, que además fue cónsul de Liberia en Málaga.

La referencia a los edificios más señoriales de la ciudad no estaría completa sin la sede actual del Colegio de Arquitectos, construida en 1924 por Fernando Guerrero Strachan y ubicada en el Paseo de Las Palmeras. También ha recibido el nombre de 'Hacienda el Cónsul', 'Las palmeras' y 'El Castillejo'. Este último nombre se lo puso uno de sus propietarios, Tomás Bolín y Gómez de Cádiz, que vivió en el fastuoso edificio con su mujer y sus cinco hijas. Como curiosidad, la familia abandonó su vivienda entre 1937 y 1938 para que Franco y el general Queipo de Llano se alojaran en Málaga cuando la ciudad cambió de manos a favor del bando nacional, y fue utilizada además como cuartel general del Estado Mayor para la Defensa de Málaga en 1937. Justo aquí, en estos privilegiados jardines, termina la visita que propone Cultopía para el próximo 9 de mayo. A cargo de ellos, en concreto del historiador Jorge Jiménez, correrán más de dos horas y media de curiosidades y datos históricos; a cargo del visitante sólo se recomienda una cosa: calzado cómodo. Y ganas de disfrutar.

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