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Nuria Triguero
Domingo, 14 de agosto 2016, 00:39
¿Que hay crisis? Pues se renuncia a salir a cenar, pero qué menos que una cañita con los amigos o la pareja en una terraza... o en casa, si la cosa está muy mal. ¿Que la economía mejora? ¡Pues a celebrarlo! La cerveza es un producto todoterreno que sale siempre ganando. Y más en el sur de España, donde más que bebida, es un medio de socialización. En estos meses de verano, la Costa del Sol suma a su población cervecera autóctona, ya de por sí importante, la flotante: esos miles de turistas nacionales y extranjeros que multiplican la demanda de la bebida estival por excelencia. No es de extrañar que éste sea uno de los mercados más codiciados y disputados por las marcas de cerveza, que despliegan por el litoral malagueño verdaderos ejércitos de comerciales.
Tampoco es de extrañar que Málaga sea una de las ciudades españolas que tiene su propia fábrica de cerveza. De hecho, durante buena parte del siglo XX tuvo dos: la de Victoria, fundada en 1928, que en 1996 cerró sus puertas; y la de San Miguel, inaugurada hace medio siglo y que hoy por hoy sigue teniendo cuerda para rato, según asegura su director, José Manuel Huesa. «Cervezas San Miguel nace en el año 1897 en Manila; se llama así porque estaba en el barrio de San Miguel. En 1957 abre su primera factoría en España, en Lérida. Y casi inmediatamente se decide abrir otra en Málaga para aprovechar el tremendo potencial que tenía la Costa del Sol».
No se equivocaron los antiguos dueños de San Miguel. La factoría que empezó produciendo 150.000 hectolitros anuales expide actualmente 2,5 millones. Quien quiera intentar visualizar semejante volumen de líquido puede pensar en 446 piscinas olímpicas. La fábrica, cuenta su director, vive estos días su pico máximo de producción. «Casi llegamos a duplicar el ritmo respecto al invierno», explica. «La fábrica nunca descansa, ni en domingo, ya que el proceso de fermentación de la cebada tampoco lo hace. Todo el año trabajamos a tres turnos pero en verano de forma mucho más intensa», afirma. La plantilla no aumenta tanto, ya que más del 90% del personal es fijo la media es de unas 150 personas pero sí que se incrementa entre un 5 y un 12% durante el estío.
Punto álgido: la Feria
Y es que el ecuador de agosto marca la cota máxima de consumo de cerveza en la Costa: tanto porque es el punto álgido de la temporada alta como por la Feria de Málaga, que se nota y mucho. La planta suele incrementar sus ventas un 15% durante la semana festiva. Solamente en la caseta de San Miguel de la plaza de la Constitución se tiran entre 12.000 y 15.000 cañas diarias.
La fábrica, integrada desde los años 90 en el grupo Mahou-San Miguel, que lidera el mercado en España con el 35,5% del total de cerveza producida, no ha ahorrado esfuerzos promocionales en la feria de este año para celebrar sus 50 años de vinculación con Málaga. «En este medio siglo hemos acompañado a la ciudad en todos los momentos e hitos de su desarrollo. Y ahora queremos reivindicar y celebrar esto porque estamos muy orgullosos», afirma su director.
Y es que dentro de la intensa guerra comercial que mantienen las cerveceras en el mercado costasoleño, el hecho de ser la única cerveza que se fabrica en Málaga es un arma que Mahou-San Miguel tiene en exclusiva por ahora y, por tanto, la utiliza a fondo. Sobre todo ahora que el malagueño empieza a apreciar más el producto local. «En esta ciudad hemos sido siempre muy abiertos, por nuestro carácter cosmopolita abrimos los brazos a todo lo que venga de fuera y nos ha costado defender lo nuestro. Pero estamos empezando a descubrir y a valorar que lo que se hace aquí es muy bueno», opina Huesa, que admite que la competencia entre marcas es «muy dura». «Es un mercado maduro y en España se hace buena cerveza, así que la lucha es importante», afirma.
Mientras los comerciales se disputan la batalla de la venta en la calle, en la fábrica se libra otra: la de la innovación. Constantemente se añaden nuevos productos al ya amplio catálogo del grupo Mahou-San Miguel: desde cerveza con sabor a mojito o vodka a las que se alinean con la moda de la cerveza artesana o la amplia gama de 0,0. «El consumidor pide novedades, quiere que le sorprendamos. Y San Miguel siempre ha sido una marca muy innovadora», afirma Huesa. En la fábrica de Málaga se fabrican 150 referencias diferentes de San Miguel, Mahou, Alhambra y Reina. La planta está capacitada para producir todos los formatos: botellas retornables y no retornables de los diferentes tamaños; latas grandes y pequeñas; barriles de 20, 30 y 50 litros... La producción no se queda sólo en la provincia, sino que se distribuye por todo el sur de España e incluso se exporta.
Aunque se produzcan en la misma fábrica, cada marca de las mencionadas tiene su propia receta, marcada sobre todo por la levadura, que en el mundo de la cerveza viene a ser como el ingrediente secreto de la Coca-Cola. José Manuel Huesa recuerda que por mucho que estemos ante una producción industrial, la elaboración de la cerveza sigue siendo «un arte» porque «trabajamos con ingredientes que están vivos». Un arte que consiste, precisamente, en «conseguir siempre el mismo producto» con unas materias primas que nunca son iguales. Para ello, la fábrica cuenta con doce maestros cerveceros título que tiene nivel de máster superior y un panel de cata formado por trabajadores de diferentes áreas de la planta y dirigido por un beer sommelier.
Además del alto nivel humano de la fábrica, su director destaca el tecnológico. «Hemos invertido 35 millones de euros en la última década», asegura. «Estamos en una fábrica de 50 años pero con los mayores avances tecnológicos y con el máximo nivel de sostenibilidad: tenemos la certificación más severa de Europa, la EMAS», apunta. Haber reducido un 19% el consumo de agua, un 19% el de energía y un 49% la emisión de CO2 son hitos que la cervecera malagueña exhibe con orgullo. Su director compara su desarrollo en este medio siglo con el de su inseparable vecino: el aeropuerto, que, por cierto, es el culpable de que los tanques de San Miguel estén pintados, pues el acero deslumbraría a los aviones. «En 1956 el aeropuerto era de juguete, estaba en el actual aeroclub y no tenía más que unos pocos aviones a motor. Nosotros igual: una modesta fábrica rodeada de caña de azúcar. Hemos evolucionado a la vez, al ritmo que ha demandado Málaga», afirma.
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