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ZIGOR ALDAMA
Domingo, 4 de diciembre 2016, 00:58
Desde 2005 China ha invertido 1,2 billones de euros por todo el mundo. Sin duda, se trata de una cifra astronómica para un país que, a pesar de ser la segunda potencia mundial en términos absolutos, todavía pertenece a la categoría 'en vías de desarrollo'. Por si fuese poco, las inversiones chinas en el extranjero no se han reducido con la crisis global. Al contrario, en la primera mitad de este año han crecido a su ritmo más rápido y han batido en seis meses la suma de todo 2012. Y es evidente que el gigante asiático no le hace ascos a sector alguno.
No existe una única fuente de datos al respecto y la estadística oficial china tampoco ayuda. Sin embargo, distintos estudios dan pistas de lo que está ocurriendo. Así, uno de Esade apuntaba hace poco que el ritmo inversor de las empresas chinas en la última década triplicaba la media mundial, mientras que otro de Bloomberg estima que el valor de sus adquisiciones transfronterizas habrá alcanzado este año los 200.000 millones de euros, un 230% más que en 2015 y por encima de EE UU.
Aunque la mayor cantidad de capital va al sector energético -dos empresas chinas, por ejemplo, planean construir una planta de energía solar cerca de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania)-, donde ha gastado 500.000 millones de euros en la última década, ahora el crecimiento se siente sobre todo en el transporte -20.000 millones de euros sólo entre enero y junio-, los bienes inmuebles -15.000 millones-, la tecnología y el entretenimiento.
Este año el grupo Wanda compró el estudio Legendary (que produjo películas como Jurassic World, Batman o Godzilla) por 3.500 millones de dólares y la productora de los televisivos Globos de Oro por otros 1.000 millones. Ya no es extraño ver Alibaba Pictures en los títulos de crédito de una superproducción de Hollywood, ni encontrarse con teléfonos móviles que detrás de sus nombres occidentales esconden gigantes chinos -como Motorola con Lenovo-, o leer noticias sobre el auge en las ventas de mansiones de Canadá a ciudadanos del país de Mao.
Y lo mismo que China apuesta por la diversificación sectorial, también lo hace por la geográfica. Aunque Asia es el continente que más inversión recibe -330.000 millones de euros desde 2006, destinados sobre todo a transporte, energía y extracción de materias primas-, Europa resulta proporcionalmente mucho más atractiva para sus empresas y ha atraído casi 200.000 millones de euros en los últimos 10 años -28.500 millones sólo en 2015, cuando la cifra aumentó un 55%-. Según Esade, la tendencia al alza continuará y en 2016 la inversión hacia Europa superará los 30.000 millones.
Sin embargo, Pekín está preocupada por la fuga de capitales que está haciendo perder valor al yuan -cae un 7% frente al dólar este año-, y esta semana ha introducido las primeras restricciones en un cuarto de siglo a las compras en el exterior. Así, los bancos controlarán todas las grandes transacciones que se realicen en yuanes en el extranjero, parando las que resulten sospechosas o superen el 30% del capital de la empresa. Además, cualquier pago fuera de China que supere los cinco millones de dólares requiere ahora el beneplácito de las autoridades, que también revisarán cualquier adquisición que supere los 10.000 millones de dólares o los 1.000 millones si se trata de un sector ajeno.
Además, las inversiones chinas siguen provocando un notable recelo, sobre todo cuando se centran en empresas con un gran valor añadido. Tanto que algunos gobiernos de la Unión Europea ya barajan la posibilidad de limitarlas más allá de las normativas contra el monopolio e impedir que el capital chino tome el control de sectores estratégicos, algo que ya hace Estados Unidos. «Supondría una medida de reciprocidad, pues China tiene varios sectores blindados a la inversión extranjera, que también está vedada en las gigantescas empresas estatales. Tenemos que jugar todos con las mismas reglas», comenta un empresario español de la automoción.
En Alemania, por ejemplo, se han paralizado las adquisiciones de Aixtron -fabricante de microprocesadores- y de la división de bombillas de Osram. Berlín decidirá tras examinar qué impacto puede tener la transferencia tecnológica resultante en la competencia entre China y otras empresas autóctonas del sector. Crece así la sensación de que los gobiernos deberían poseer un derecho a veto en situaciones que vean perniciosas para el país. «Se puede considerar injusto que los chinos adquieran empresas tecnológicas occidentales con dinero de un mercado al que éstas tienen su acceso vetado», argumenta el empresario.
La mayor compra, pendiente
Pese a ello, en el aire está la posibilidad de que se cierre pronto la mayor adquisición de la historia por una compañía china. El fabricante suizo de pesticidas y de semillas Syngenta podría ser comprado por la Corporación Química Nacional de China en una operación que la UE investiga por su posible carácter monopolista y que se valora en 40.000 millones de euros. «Tenemos que analizar con cuidado si elevará los precios en el mercado o reducirá las opciones de los agricultores», explica la comisaria europea de Competencia, Margrethe Vestager.
En África, sin embargo, la inversión china se ha recibido con alfombra roja y Pekín ha hecho de ella un destino estratégico. Allí está construyendo carreteras, líneas ferroviarias, estadios, edificios gubernamentales, y un sinfín de infraestructuras que, en muchas ocasiones, son financiadas con créditos blandos concedidos por los propios bancos chinos. Hay quienes consideran que se trata de un neocolonialismo que busca la hegemonía económica mundial, pero los dirigentes africanos contestan siempre con un mantra: «A diferencia de los colonizadores europeos, China paga por lo que se lleva y cumple sus promesas en cuanto a lo que deja».
Algo similar pueden decir en Latinoamérica, donde el régimen comunista se ha hecho fuerte entre los países que no disfrutan de una relación cordial con EE UU. Cuba ha permitido la entrada de 4.700 millones de euros de capital chino desde 2005 y en Venezuela el importe se ha triplicado hasta los 14.500 millones. Curiosamente, Estados Unidos parece tener un atractivo menor; en 2015 recibió la mitad de la inversión con destino a la UE, y en la última década sólo ha conseguido 120.000 millones.
En esta nueva coyuntura, China no sólo recibe inversión directa, también se ha convertido en uno de sus principales emisores. De hecho, ya invierte más de lo que recibe.
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