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En vez de trajes de etiqueta, carritos y caras pintadas. Para muchos, la mañana de ayer fue la primera visita al teatro de sus vidas, y seguro que mereció la pena. En torno al mediodía, padres, madres y los más pequeños de la casa ocuparon la plaza que hay frente al Cervantes, haciendo cola para ver 'El emocionómetro del inspector Drilo', una obra representada por Acuario Teatro en el marco del cuarenta aniversario de la compañía. El respetable ocupó sus localidades con inquietud, ansioso por conocer al cocodrilo protagonista de la historia, que los mantuvo en vilo hasta el final con una historia en la que los sentimientos y las emociones son los protagonistas.
'El emocionómetro del inspector Drilo' es un relato infantil escrito por Susanna Isern que ha acunado un notable éxito literario. Los malagueños de Acuario Teatro lo llevaron ayer al Cervantes en una adaptación a medio camino entre el musical y la interacción con los niños.
El primero en aparecer en escena fue el protagonista, Drilo, un amable personaje que ayuda a los habitantes de su localidad a identificar sus emociones. El vestuario de la obra es una fiel representación de los protagonistas del libro (un sapo, una cierva, una gallina...). Al comienzo de la función, Drilo se encarga de presentar a todas las emociones, desde el asco hasta el miedo pasando por el amor. De esta manera, la trama gira en torno a varios misterios que ocurren en la villa pero en los que los sentimientos son el trasfondo principal. Gracias a una ejecución veterana por parte de la compañía (también en luz y sonido, al servicio del exigente público infantil), los asistentes aprendieron a identificar sus emociones y a gestionarlas sin frustraciones ni disgustos.
Marcos y Antonio, de seis y ocho años cada uno, fueron disfrazados al Cervantes. El primero de capitán de barco pirata y el segundo de superhéroe. Era la primera vez que iban a un «teatro de los grandes», explicaron. Al salir de la obra, reconocieron que les había «encantado» y que era «mucho mejor» que ir al cine.
Sin disfrazar, pero con la misma cara de ilusión, Laura recordaba con su abuela los mejores momentos de la función, aunque no había pasado ni un minuto desde que abandonaron la sala. «Me han encantado las canciones y los vestidos», decía de forma acelerada, sin parar a coger aire. La abuela (también se llama Laura), explica que siempre que puede se lleva a su nieta al teatro, «porque es cultura de verdad» ella iba siempre iba con sus padres. Ayer, cientos de niños salieron del Cervantes emocionados y hoy, quizá, convenzan a sus amigos para crear cantera teatral en la ciudad.
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