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Graciela prefiere no vivir con el miedo a que la detengan por no tener papeles y volverá a su país. / ANTONIO SALAS
Una vida sin papeles
MÁLAGA

Una vida sin papeles

Residen en Málaga desde hace años, han creado aquí su hogar, pero no han logrado regularizar su situación. Sobrellevan el temor de terminar expulsados del país

AMANDA SALAZAR

Sábado, 18 de abril 2009, 04:04

Sin papeles, ilegales, inmigrantes en situación irregular. Tras estas palabras se esconden las historias de personas que llegaron a Málaga sin más equipaje que la esperanza de encontrar oportunidades. Entre sus enseres no había ningún documento que les permitiera residir en el país. Pese a todo, han sobrevivido estos años, burlando al sistema, convirtiéndose en hombres y mujeres invisibles, trabajando en la economía sumergida y, pese a todo, creando lazos y un nuevo hogar.

Pero ahora la crisis amenaza su sueño de conseguir la regularización. Si en general los inmigrantes se sienten rechazados cuando ya no hay trabajo ni para los españoles, los irregulares se convierten en el eslabón más débil de la cadena. Afirman que ha aumentado la presión policial sobre ellos, a pesar de que el Ministerio del Interior desmiente que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado tengan la orden de incrementar su celo hacia los inmigrantes sin papeles. Tres de estas personas hablan de su día a día en la clandestinidad.

GRACIELA

Argentina

«Me da miedo que me separen de mis hijos»

Graciela llegó a Málaga en julio de 2004 y lleva cinco años establecida en España junto a sus dos hijos. Su vida no es fácil. A las dificultades económicas, un divorcio complicado y a criar a sus niños sola, se suma el hecho de que no tiene papeles. Su situación en España sigue siendo irregular y Graciela tiene miedo de que un día le pare la policía, le pidan la documentación y puedan separarle de sus hijos. Por eso, está a la espera de volverse a su país. Las cosas aquí están difíciles para todos, pero para los inmigrantes, sin familia y sin más apoyo que los compatriotas o las asociaciones que trabajan con ellos, la crisis es todavía más profunda.

«Viajé con mi hija, que entonces tenía un año, y luego llegó mi marido; seguimos los pasos de mis padres, que salieron de Argentina por las dificultades económicas y se establecieron en Málaga», recuerda Graciela. Su padre consiguió diferentes empleos haciendo chapuzas y su madre en el servicio doméstico. Ganaban bien y vivían con comodidades, así que no dudaron en animar a la familia de su hija Graciela para viajar a España.

Al poco tiempo se adaptaron a la vida en Málaga y tuvieron su segundo hijo. Su marido consiguió trabajar en la recogida de la aceituna y ella encontró una buena casa donde cuidaba a una anciana. En Argentina siempre trabajó en el servicio doméstico, así que tenía experiencia. Pero la suerte cambió. «Nos divorciamos, mis padres se volvieron a Argentina, perdí mi empleo y me quedé sola con los niños y sin dinero para comer», indica, mientras explica que sobrevive gracias a la asociación Málaga Acoge. El problema es que Graciela no tiene a nadie con quien dejar a los niños, que todavía son pequeños, y ninguna casa acepta que se los lleve para limpiar o cuidar a alguna persona mayor. «Quiero regresar con mi familia a Argentina; al menos allí tendremos un techo y algo que comer», dice. Sólo le falta conseguir el dinero para los billetes.

Graciela confiesa que el temor a que le paren por la calle y puedan internarla en el Centro de Extranjeros hace que apenas salga de casa. «Creo que con la crisis hay más presión policial y los propios españoles te culpan de la situación cuando nosotros sólo llegamos buscando un futuro mejor», dice. Graciela indica que los vecinos suelen ser solidarios y siempre se ha topado con personas amables, pero que nota más rechazo desde que la situación económica ha dado un vuelco. Ahora, sólo espera poder arreglar su situación y que sus hijos puedan volver a empezar en Argentina.

RIADH

Túnez

«Ahora hay que andar con más cuidado»

Riadh es todo un experto en vivir en situación irregular. Lleva así desde que salió de Túnez a los 19 años. Primero pasó por Francia y Alemania, desde donde le deportaron por estar sin papeles. Luego logró entrar a Melilla con un pasaporte falso. «Los ciudadanos de las zonas fronterizas pueden acceder para trabajar o comerciar, y es muy fácil conseguir un pasaporte cuando tienes rasgos magrebíes», indica. Pero su objetivo era llegar a España y, desde aquí, regresar a Francia.

Sin embargo, para saltar a la Península era necesario un permiso especial y, cuando fue a pedirlo, las autoridades se dieron cuenta de que había una orden de expulsión en curso desde Alemania y que no podía volver a pisar Europa. Riadh decidió recurrir esta orden y se quedó siete años en un limbo burocrático. En este margen de tiempo, la policía le detuvo y le envió al Centro de Internamiento de Extranjeros de Algeciras. De allí salió a los 38 días por decisión del Defensor del Pueblo andaluz, que le mandó de vuelta a Melilla.

Por fin llegó la sentencia del recurso que daba la razón a Riadh: podía volver a Europa. Su primera parada fue Málaga, y aquí lleva poco más de un año. El problema es que la situación que se ha encontrado no es la mejor. Riadh no consigue ningún trabajo y sobrevive gracias a las asociaciones que le ofrecen algo de comida, un techo y ropa. Ahora está a la espera de regularizar su situación.

Riadh dice que, debido a la crisis hay más presión sobre los inmigrantes. «Los españoles y sobre todo los andaluces son muy abiertos y siempre están dispuestos a hablar y a ser solidarios, sin embargo, cuando no hay trabajo para todos, hay más peligro de que te puedan parar por la calle», indica. Pero Riadh prefiere vivir sin miedo. Dice que se ha acostumbrado incluso a esa sensación de no saber si mañana pueden arrestarle de nuevo y llevarle otra vez al CIE.

Riadh dice que no se plantea volver a su país. «A los 19 años decidí salir de allí porque mis ideales son europeos; para mí ésta es la sociedad de la libertad y eso no lo tenemos allí», indica. Pese a todo, no está siendo fácil hacerse un hueco aquí. Su sueño es trabajar para alguna ONG ayudando a inmigrantes que, como él, aspiran a una vida mejor en el viejo continente.

NAN

Uruguay

«No se puede vivir con miedo a que te paren»

Después de tres años en Málaga, Nan continúa en situación irregular. Llegó junto a su marido y sus tres hijos adolescentes a España después de que su marido emigrase en busca de mejores oportunidades. «Allí teníamos los dos muy buenos trabajos porque éramos empleados de un ayuntamiento y nuestros empleos eran de funcionarios, pero queríamos más para nuestros hijos, porque allí es muy difícil estudiar una carrera universitaria y allí no podíamos dárselo. Su esposo llegó primero con un contrato en la construcción. Al poco tiempo, el resto de la familia tomó el avión y se reunió con él. Graciela consiguió un trabajo como empleada doméstica. Fue un duro choque porque se había preparado mucho en su país, donde era monitora de tiempo libre y para ella limpiar, «aunque sea un trabajo muy honroso», fue un paso atrás.

Poco después consiguieron llevar el bar de un club deportivo, pero sólo les duró un año. Pese a la crisis, su marido ha logrado conservar su empleo en un sector tan débil como el del ladrillo. Y gracias a su último jefe, ha conseguido los ansiados papeles para él y sus dos hijos menores. El mayor, que ya tiene más de 18, se ha quedado fuera por la edad y tendrá que conseguir los documentos por su cuenta. Ella decidió no entrar en la misma regularización como arraigo familiar porque eso le impediría trabajar. «No se sabe lo que puede pasar y si mi esposo pierde el trabajo, no quiero estar con las manos atadas para poder ganarnos la vida», indica.

Sigue sin papeles, pero no quiere volver. Mis hijos ya están arraigados, tienen su curso, sus amigos y el mayor empezará la universidad el próximo curso. «La calidad de vida aquí es mejor y seguiremos intentando este sueño, porque volver sería empezar de cero de nuevo», indica.

Nan no tiene miedo. «No se puede vivir con miedo, así que, aunque puedan detenerme y ver que no tengo papeles, prefiero no pensarlo», señala. Aunque sí teme que pueda pasarle a su hijo mayor. «Cuando sale por las noches con sus amigos me aterroriza pensar que puedan llevarle detenido porque no tiene papeles, porque sólo es un niño», asegura. Aquí, además, asegura que no ha encontrado ningún signo de racismo, ni siquiera en estos tiempos difíciles. «Creo que el error fue dejar entrar a tanta gente; esto es como un barco, si se llena demasiado, hace aguas, y creo que eso es lo que pasó con la inmigración en España», dice.

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