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CULTURA Y ESPECTÁCULOS

Comandante Che Guevara

PPLL

Viernes, 12 de diciembre 2008, 03:45

DESDE niño la imagen de Ernesto Guevara, más conocido como Che Guevara, me ha perseguido, y todavía hoy me persigue. Yo nací, y me crié, en Rosario de Santa Fe, República Argentina, mi casa se encontraba, y se encuentra, en la calle San Juan 589, y los Guevara vivían al lado del Monumento a la Bandera, cerca del río Paraná, cerca de mi casa; por lo tanto, fuimos vecinos. Jamás lo vi. En cambio mis padres sí lo vieron y coincidieron con él seguramente sin saber quién iba a ser y qué iba a representar, porque a principios de los años cincuenta Ernesto Guevara era simplemente un médico perteneciente a la clase media acomodada de Rosario y no se conocían sus tendencias políticas revolucionarias.

Ahora el Che ha vuelto, aunque en realidad, nunca se ha ido. Su icono se ha mantenido incólume, intacto, su símbolo, con mayor o menor virulencia, pervive en la sociedad latinoamericana indigenista y para los izquierdistas del mundo es la imagen viva de la rebeldía, el inconformismo y la subversión. El Che fue un utópico que quiso aminorar la influencia norteamericana en el «patio trasero», como él denominaba irónicamente a la América Latina, según el concepto yankee. Guevara hizo lo que le dictaba su conciencia: se incorporó a la Revolución Cubana contra el dictador Fulgencio Batista, cuando a Castro, y a su insurgencia, incluso la apoyaba la administración de Eisenhower.

Caído Batista, las cosas cambiaron. Fidel Castro puso en marcha sus planes sin contar con quienes le habían ayudado en su aventura, terminando, además, con cualquier atisbo de disidencia, aniquiló las corrientes democráticas, persiguió a los intelectuales y a los homosexuales, y sumió al pueblo cubano en una experiencia económica drástica de la que aún no ha podido superarse, hasta que Fidel decida partir a Citerea. El Che lo hizo antes, no aguantaba la asfixiante dirección del aparato comunista cubano. A mediados de los sesenta las relaciones entre los dos monstruos sagrados de la revolución armada, entre Castro y el Che, se echaron a perder definitivamente. El Che se dio de baja en Cuba arguyendo que quería exportar el modelo revolucionario a otros países del área, sobre todo del Cono Sur; tras dar algún bandazos y no encontrar el sitio adecuado en el organigrama del comunismo internacional el Che decidió intervenir en Bolivia.

No era ninguna extravagancia intentar un contragolpe en Bolivia. El gobierno corrupto del ultraderechista René Barrientos estaba cobrando comisiones salvajes de consorcios norteamericanos establecidos en La Paz y Cochabamba; para colmo, Barrientos había nombrado al famoso nazi Klaus Barbie, como asesor de su gobierno. El Che entró en Bolivia con una guerrilla mínima, sin conocer el terreno y se expuso sin pudor a la muerte. Fue herido, apresado y rematado en una escuela del interior. La foto de su cadáver dio la vuelta al mundo: sus ojos verdes, aunque sin vida, brillaban más que nunca.

Ahora la película, protagonizada por el actor puertorriqueño Benicio del Toro, le devuelve a una palestra de la que jamás se ha ido, y hoy, más que nunca, el aspecto violento y contradictorio de su praxis política queda oscurecido por los versos de Carlos Puebla: «Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, Comandante Che Guevara».

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