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TEXTO: ÁNGEL ESCALERA
Domingo, 6 de abril 2008, 03:37
LA vida da muchas sorpresas. Cuando menos se espera, presenta su cara más amarga, pero también ofrece segundas oportunidades. Por eso, nunca hay que darse por vencido ni arrojar la toalla. Este es el caso de Antonia García, que llevaba una existencia feliz, con sus dos hijas, su marido, sus padres y el resto de familia, hasta que en la noche del 26 de diciembre de 2005 todo cambió en un momento. Sufrió un accidente cerebrovascular espontáneo. Parecía que no había solución, pero tras pasarse 15 meses en estado de coma vigil se despertó y ha comenzado a recuperar movilidad, reconoce, entiende lo que se le dice y vocaliza. El apoyo y el tesón de su familia han sido fundamentales para que Toñi, de 38 años, haya empezado una nueva etapa.
«Los médicos me dijeron que, salvo milagro, no había nada que hacer. Y la muestra de que sí se podían hacer muchas cosas está aquí delante», explica Diego Ruiz, Marido de Toñi, mientras mira a su mujer ilusionado. El esfuerzo de Diego, que en ningún momento perdió la esperanza de que ella podía salir del coma, se está viendo recompensado. Él ha afrontado en solitario, sin ayudas oficiales, la terapia que Toñi necesita para ir mejorando poco a poco de las graves secuelas que le provocó la hemorragia cerebral. «Si me conformo con lo que me dijeron y la dejo en la cama, seguro que seguiría en coma», subraya.
Como el matrimonio vive en Churriana, el hospital que le corresponde es el Clínico. Allí llevaron a Toñi al padecer el accidente cerebrovascular. A las pocas horas fue trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de Carlos Haya, donde permaneció ingresada tres meses para, luego, estar dos meses y medio más en planta y, finalmente, en el Hospital Civil, en el área de rehabilitación. Como la enferma no evolucionaba y el derrame cerebral que tenía no podía operarse, los médicos dijeron a su marido que había dos opciones: o trasladarla a un centro sanitario periférico o marcharse a su domicilio. «Yo siempre tuve claro que no iba a ingresar a mi mujer en ningún centro, que su lugar estaba en su casa, con nuestras hijas y conmigo. Me la traje el 9 de octubre de 2006. Cuando llegó, no reconocía a nadie, ni se movía ni hablaba. Nunca olvidaré lo que me comentó un médico, que en esos casos no se sabía si era preferible que el paciente siguiese con vida, dando por sentado que no había solución», recuerda Diego Ruiz.
Ayuda de los compañeros
Toñi trabajaba como enfermera en la Prisión Provincial. Sus compañeros, al saber que era preciso contratar los servicios de un fisioterapeuta experto en daño cerebral, decidieron hacer una colecta y pagar a ese profesional durante un año. Las sesiones de fisioterapia comenzaron en el último trimestre de 2006 y en marzo de 2007 Toñi empezó a mover los dedos del pie izquierdo de forma voluntaria, luego el pie entero, más tarde la cabeza y a contestar con ella a las preguntas que le hacían para, poco a poco, ir mejorando en su estado. Ahora está en una silla de ruedas, vocaliza y fona, paso previo para volver a hablar. Para ello, su marido ha recurrido a los servicios de un neurólogo privado que le ha prescrito un tratamiento específico.
El lado derecho del cuerpo aún lo tiene casi inmóvil, excepto un pequeño movimiento que hace con el hombro. Se espera que la terapia que recibe le permita recobrar también la movilidad en esa zona. Su familia ha contratado a una neuropsicóloga, que le ha fijado un programa de estímulo cognitivo que Toñi realiza con un ordenador portátil valiéndose de un ratón que maneja con la mano izquierda.
Toñi cuenta con la ayuda de una logopeda, también privada, que trata de que vuelva a comer por la boca. Se alimenta a través de una sonda gástrica, aunque ya toma yogures, natillas y gelatina. Lo que no puede aún es beber líquidos, indica su marido.
Diego no está conforme con la asistencia que la sanidad pública ha dado a su mujer. «La terapia que está recibiendo la costeamos nosotros o gracias a la aportación de sus compañeros de trabajo. Es lamentable que todo sea con profesionales privados, excepto una logopeda del Hospital Civil que va a empezar a verla. La recuperación de una persona no debería depender del poder adquisitivo que se tenga. Todo lo he hecho yo, si no mi mujer seguiría como un vegetal», asegura.
Enfermeros y médicos
Diego quiere hacer constar su agradecimiento tanto a los compañeros de trabajo de Toñi, «que se han volcado con ella desde el primer momento», como a los suyos de la Delegación de Agricultura y Pesca. «Todos se han preocupado por nosotros, al igual que mis jefes. Es algo que en justicia debo decir, así como destacar la labor que llevan a cabo los enfermeros de enlace de Carlos Haya y los médicos y enfermeros del centro de salud de Churriana».
Si hay algo que hace feliz a Toñi es poder abrazar a diario a sus hijas, de nueve y once años. Las niñas son el motor que la impulsa y le arranca continuas sonrisas. Eso unido al cariño que le demuestran continuamente su marido, sus padres y demás familiares. «La vida se nos paró en seco, pero ha echado a andar de nuevo», dice Diego mientras acaricia con ternura la mano de su mujer. Por delante se les ha abierto un nuevo camino. No será fácil, pero lo recorrerán juntos.
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