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TEODORO LEÓN GROSS
Viernes, 18 de enero 2008, 20:24
ESTE año se cumplen cincuenta años: medio siglo de columnas del maestro Manuel Alcántara, toda una biografía en la tipografía cotidiana del diario, un hito del día a día durante dieciocho mil días, no media vida en los flancos literarios del periódico sino casi una vida entera, desde los treinta hasta los ochenta, desde los treinta años del escritor prometeico hasta la lucidez fatigada de los ochenta, desde la juventud del estilista arrollador a la vejez piadosamente escéptica del maestro, atravesando días dulces y malos tiempos sin traicionar la vocación apasionada del orfebre palabrista, el maestro de la sencillez, el mago del ingenio, sin traicionarse durante cinco décadas, y así década tras década;
en los cincuenta, a partir de los últimos días del verano de 1958, empieza a escribir en el diario 'Arriba' avalado como finalista del Premio Nacional con su libro 'Plaza Mayor' tras el premio Antonio Machado, y allí le invita a escribir Rafael García Serrano junto a Gómez de la Serna, Eugenio Montes, Giménez Caballero, Sánchez Silva, Felipe Mellizo, Jaime Campmany («allí estuvimos todos») en la columna 'Corazón del mundo', primero cada tres días, después cada dos, pronto sólo él, con el estilismo apasionado del poeta joven que siete años antes había abandonado su empleo y la Facultad de Derecho para dedicarse sólo a la literatura, a la que llega por la puerta del Café Varela, donde se celebran los recitales 'Versos a Medianoche', y otros cafés literarios -el Lisboa, el Lira, el Café Molinero- en los que la revista literaria 'La Hora' lo identifica como «el penúltimo poeta bohemio del Madrid castizo»;
en los sesenta, los años de la consagración, tras abandonar el diario 'Arriba', donde había empezado a escribir la columna literaria 'Glosa' en la sección de Cultura, porque el nuevo director Rodrigo Royo decide suprimir la firma de Ramón Gómez de la Serna; y entonces, acogido por el gran Emilio Romero, comienza a colaborar en 'Pueblo' con la columna 'Historia de verdad', que se reproduce masivamente en la prensa de provincias, mientras escribe 'Ciudad de entonces', el libro de poemas por el que un año después le concederán el Premio Nacional de Literatura; y poco después sus colaboraciones esporádicas en el diario 'Ya' se convierten en una columna diaria -allí escribe una nómina menos militante, como Díaz-Plaja, García Serrano, González Ruiz o Noel Clarassó- y la columna breve 'El día de hoy' se convierte en la referencia del género,
sobre todo desde 1965 tras la muerte del gran maestro César González-Ruano, que le convierte en su heredero natural -por azar coincide con el Premio Luca de Tena, uno de los grandes premios del articulismo literario, entre otros reconocimientos- y Jaime Campmany lo rescata desde 'Arriba' para firmar la página de más éxito en esos años, el dúo de 'las pajaritas' del propio Campmany y los 'barquitos de papel' de Alcántara, donde escribe sobre Neruda, Picasso, Miguel Hernández o Lorca, y se convierte en «la cortina liberal de Arriba» como lo bautiza Torcuato Fernández Miranda, y suma nuevos premios, el Juventud, el Cruz Roja, el Meliá; y también comienza escribir de forma regular en 'Marca' convirtiéndose en el gran cronista de la edad de oro del boxeo español desde sus páginas deslumbrantes de 'Hora cero', sin dejar de volver por el Café Varela con Mingote, Rafael Azcona, Manolito el Pollero, Meliano Peraile y otros poetas con los que había recorrido el país recitando a los clásicos en 'Alforjas para la poesía' o las madrugadas tras el Teatro Lara;
en los setenta, los años convulsos de la transición, cuando sufre el final de un franquismo que se ceba con los liberales, y en 1975, a pesar de ganar el Premio Mariano de Cavia, segundo de los grandes premios del articulismo literario, el periódico involuciona al ideario de los años duros bajo la dirección de Cristóbal Páez que lo centrifuga a las páginas gráficas con la columna 'Agenda de notas', donde dos años después ésta se convierte en 'A beneficio de inventario' (ahí publica 'Manuel, de Málaga', una columna dedicada al joven muerto en las manifestaciones andalucistas de Málaga por la que el diario 'El Alcázar' pide su procesamiento,) y más tarde 'Oficio de ver', desde la que gana en 1979 el Premio González-Ruano, el último de los grandes premios del articulismo literario, antes de abandonar definitivamente 'Arriba';
en los ochenta, entre los ajustes y reajustes de los nuevos tiempos en el país, el escritor publica 'Luz de domingo' en 'La Hoja del Lunes', una deliciosa columna sobre deporte, y un año después 'Punto cardinal', donde fija la medida definitiva de su columna 'Vuelta de hoja' -la columna que ya nunca volverá a cambiar de nombre y de formato- que entonces se empieza a publicar en 'Ya' y sitúa nuevamente al maestro Alcántara como una referencia esencial del género -así se lo reconocen los jóvenes emergentes como Muñoz Molina o Ignacio Camacho o Félix Bayón- por más que este diario prolonga su agonía irreversible arrollado por las nuevas cabeceras de la Transición; entonces el poeta vuelve a los versos con 'Anochecer privado', 'Sur, paredón y después' y 'Este verano en Málaga', adonde sus retornos cada vez son más prolongados (acaba de ser nombrado Hijo Predilecto) para disfrutar de su balcón sobre el Mediterráneo, y el diario SUR decide hacerse con su columna años antes de que el Grupo Correo, tras la desaparición de 'Ya', le incorpore como su firma de referencia;
en los noventa, los años de los grandes reconocimientos y homenajes convertido ya en un clásico -el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Málaga, el Premio Javier Bueno, el Unicef, el Díaz-Cañabate, el Premio Bravo de la Conferencia Episcopal, el título de Hijo Predilecto de la Provincia, la Medalla de Oro del Ateneo, el Premio Pemán- y las primeras tesis doctorales sobre su obra, las antologías;
y en el siglo XXI, aunque el escritor ironice asegurando que él es «un escritor de otro siglo», más premios y reconocimientos -el Premio Pedro Antonio de Alarcón, la Medalla de Oro de Andalucía, el Premio Torreón en 2006 presidido por Saramago, el título de socio de honor de la Asociación de la Prensa de Madrid en 2007, la creación de una fundación dedicada a su obra, el Premio Pluma de Plata y el Club Internacional de Prensa- pero sobre todo más artículos, artículo tras artículo;
y así, sin puntos, sin pausa, día tras día hasta dieciocho mil días, con la única excepción de los días finales de su compañera en esta travesía, Paula Sacristán, por la que él se invistió caballerosamente con el título de Amadís de Paula, cincuenta años de columnas que forman parte ya del árbol genealógico del articulismo mayor en la tradición española -de Larra a Cavia y a Pla y a Camba y a Ruano y a Umbral tras Alcántara- medio siglo del maestro desde los que mirar atrás pudiendo al cabo decir, como Calderón, como algún poeta de los años dorados en la alta madrugada de las tabernas: «Tuve amor, y tengo honor. Es cuanto sé de mí».
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